LA PATRULLA ESPIRITUAL: PROCESO CREATIVO PARA UN RELATO.
Hace rato vengo dándole vueltas a este cuento. La idea no apareció de repente: llegó por partes. Primero me topé con unos videos de una clínica para rehabilitar adictos en México. El director, al que llaman “El Chiquilín”, tiene una manera increíble de reclutar indigentes y ofrecerles rehabilitación, trabajo y paz. No quería escribir algo sobre ellos, pero el nombre que le habían puesto a su grupo se me quedó grabado: La Patrulla Espiritual. El título me rondaba la cabeza sin saber bien para qué guardarlo.
Después recordé las serenatas de mi amigo Piro. A finales de los 80s, en una Alajuela muy diferente a la ardiente Alajuela de ahora, Piro se subía a su pironeta con las guitarras y los juglares del momento para irle a cantar a los mujerones de aquel entonces. Una Costa Rica muy diferente también.
Algo me dice que esos recuerdos ajenos —una pandilla de amigos que se creen trovadores, que salen a dar serenatas convencidos de que llevan “alegría y redención” en sus guitarras, pero que en realidad andan enredados en sus propias hormonas, egos y malentendidos— podrían funcionar en este cuento.
Quiero algo que sea extrañamente tierno y a la vez deliciosamente retorcido, en eso pienso para este cuento. Porque el nombre que siento debe tener este grupo de serenateros es una sátira perfecta: se creen místicos del amor, pero son apenas ayudantes del deseo propio, camuflados en devoción poética.
Para darle forma, pensé en un retrato coral. Los personajes algo así como lo siguiente:
El Místico: jura que canta por el alma de las muchachas, pero lleva una lista de nombres en la libreta.
El Justiciero: da serenata a las novias de los amigos “por si no las valoran bien”.
El Mudo: nunca canta, pero siempre va. Su presencia es parte del mito.
El Loco del Bajo: toca siempre el mismo ritmo, sin importar la canción.
Y quizás uno que no cree en nada, pero va porque la mamá le pidió que hiciera amigos.
La estructura que tengo en mente es la de una falsa crónica épica: capítulos titulados en boca de los personajes, como hazañas espirituales, que en realidad son noches de serenatas fallidas, huidas por celos, o triunfos ridículos narrados como fenómenos dignos de un milagro. Y sí, quiero que haya traiciones. En las que, evidentemente, hay que trabajar.
Ese es el corazón de la comedia trágica y el delirio de las provincias que he planeado para este cuento: la serenata como acto devocional que termina siendo una ruleta de traiciones afectivas.
El número siete me ancla la estructura. Siete serenatas, como los siete pecados capitales. No como moralina, sino como impulsos humanos disfrazados de romanticismo. Las tengo esbozadas así:
Lujuria – La primera serenata va a una mujer que todos desean, pero ninguno conoce bien. Termina en caos emocional.
Gula – Le cantan a la mujer de un panadero. Van por amor, terminan comiendo gratis y olvidando el propósito.
Avaricia – Apuntan a una mujer adinerada para ganarse favores. El más romántico termina enamorado y frustrado.
Pereza – Una serenata mal ejecutada por desidia. La mujer ni se asoma. Termina en introspección.
Ira – Un triángulo amoroso entre trovadores. La serenata termina en pelea callejera y guitarra rota.
Envidia – Uno se roba el corazón de la mujer que era “para otro”. Lo que parecía éxito es fractura.
Soberbia – La última serenata es para una mujer que nunca pidió nada. Es un gesto vanidoso. Termina como una ruina de egos.
Y un epílogo: la desbandada, la revelación. El grupo se desintegra, uno de ellos —quizás el más callado— encuentra en todo el periplo una verdad más íntima: la serenata no era para conquistar a nadie, sino para escucharse en el eco de la noche.
El contexto es clave: finales de los ochenta, justo antes del Mundial del 90. El país todavía es inocente. No hay redes sociales ni poses: solo guitarras, birras y la ilusión de la madrugada. El tono tiene que ser con ironía, ritmo y nostalgia. No busco moralizar, quiero una postal del país antes de la modernidad, una época donde todavía se podía creer que la guitarra abría puertas.
Como parte de la investigación para este cuento, y como he procedido con otros relatos, he pensado mucho en crear un podcast donde poder hablar con personajes alajuelenses que daban serenata en esos años con Piro. Quiero entender qué los motivaba, si lograban conquistar o solo acumulaban anécdotas. De ahí siento podría salir buena parte del material.
Por ahora, esto es lo que tengo: muchas ideas, una estructura, una imagen de un tío que tiene una foto con Elton John (imagen que puede desatar algo interesante en este relato), y la necesidad de sentarme a escribir las siete serenatas. El cuento va a tomar su tiempo, algo de lo que anoto aquí puede cambiar, pero creo que ya sé por dónde debe ir.