por Martín Campos
Lilith, harta de ser mujer, decidió ser ella. Ella, antes de ser Eva. Ella, primera mujer verdadera.
Ella, que se posó sobre el hombre y desafió las jerarquías del ancestro absoluto. Ella, que desdeñó el paraíso y se confinó de propia voluntad a las orillas del mar. Ella, prima dona, lujuriosa y digna bruja del olvido, emperatriz del erotismo.
Ella, que reclamó su derecho de igualdad para con aquel remedo de líder, macho medroso, y servir a su creador y a sus castigos, tanto como a sus propios apetitos y sin condición de autogobierno. Ella es un súcubo y sabe parir súcubos. Se da el placer y a otros da el placer.
Tendida sobre la arena, cubierta de glóbulos dorados y azules, explota en paroxismo sensual. Tiembla Lilith. Se estremece el mar.
Muere y renace en su gozo de la piel, más allá de la piel. Ella no se arredra. No le importan los ruidos textos sagrados.
Deshace la palabra oculta y, con sus sonidos, se autoengendra. Se burla de los mensajeros divinos. No figura su historia o su leyenda, más que en escasas sagas de tiempos perdidos en el mito.
Pero yo puedo dar fe de su existencia. No fue borrado su nombre. No fue proscrita ni condenada.
Sólo el terror que les provoca una hembra de tal quilataje ciega el entendimiento de quienes la conocieron. Entonces, entornaron sus ojos hacia la impotencia y el olvido. Mujer así, ni siquiera admite ser recordada, so pena de perder el alma después de haber perdido la razón.
Quien de ella esto escribe, lo hace en los pocos lapsos que la razón le concede para salir del deslumbre en que habita. Enviaron a sus emisarios más doctos y avispados a persuadirla de abandonar esa borrachera de rebelión que le arde en el cuerpo. No faltaron tampoco los inquisidores que, con sus pinzas y sus sentencias metafísicas, trataron de amedrentar su espíritu, sin omitir lecturas de textos con exorcismos y goteos de quemante agua santa.
Ella no cede al temor, ni ayer, ni hoy, ni mañana. Ella cruza el oleaje de los tiempos sin espada ni coraje. Ella es en sí misma.
No es diosa ni es reina, pero posee un séquito. Yo entre ellos, que me arrastro por donde ella pisa, lamiendo la huella y el suelo que ella escupe. Prestos todos a seguir su mandato, que jamás llega.
Ella es bruma, multiplicidad de colores, obscuridad absoluta y respuesta incuestionable en un solo acorde. No atrae, no abandona. Atraviesa el cauce sin desplomarse.
Ella no conquista reinos ni le importan las hazañas para la posteridad, pero jamás ha de consentir el señorío de nadie. He aquí una de sus innumerables glorias. Ni siquiera llegué yo a ser su esclavo.
Pero la disfruté, hecha cántaro y hecha luna. La vi hecha fuego precipitarse por el lips de mis ojos, hasta el más íntimo arraigo con la vida, y me inoculó de su turbia lucidez, para la cual no estaba yo preparado. Ahora sólo la invoco a ella, para obtener un sorbo de la miel que emala de su recuerdo.
Sólo ella puede ser cautiva de sí misma cuando se le antoje. Ha hecho de mí, sin proponérselo, un preso del infortunio por el palpar de su gloria, y sólo puedo aspirar a ella cuando predico por las sordidas comarcas la mítica realidad de su existencia. Ella que me liberó de la muerte e hizo de mí una sombra de mi sombra.
Ella acuna en su mano la moneda que yo necesito, da a los mendigos tesoros arraudales, con sólo que la lengua asome a sus labios. Ella que me privó hasta de su ausencia, se hizo plaga en mis vísceras, de mis nervios, de mi cerebro, de mis conexiones con el sonido de la palabra oculta, que un día descubrí para ella, justo antes de optar por la demencia total, por mi demencia total, pues no logré traducir el dolor en símbolos coherentes. El dedo que me señala algún camino siempre es amputado.
Deambulo y me extravío, y ella cabalga, predice, enseña mi dialecto. Yo traduzco las señales de la niebla en esferas pétreas que ella hace flotar con su aliento azul fosforescente. Ella es, si se le antoja, el milagro en donde confluyen todos los milagros.
Arrebatará la pluma de mi mano en el instante justo en que la flama se hunda en el vacío. A mí, que descubrí y escribí en obsidiana el nombre de ella. A mí, que desplacé el instante hacia el instante sin que el ojo parpadeara, y que descubrí cómo trasponer dimensiones para complacerla a ella.
Ahora me es absolutamente posible visitar sus caudales, pero la prohibición letal es no permanecer en ella. Ella es el círculo de espejos que amplía la estrechez de la realidad. Ella engaña mis percepciones y las vidas repetidas en esos espejos.
Mi inteligencia se hace añicos y permanezco petrificado en la búsqueda constante de mi yo, extraído en el homólogo de ella. Hoy en día gasto el tiempo tratando de ordenar las esferas de piedra, que tal vez me den las coordenadas para formular los símbolos de una nueva palabra oculta. Viví frente al mar y cabilé frente al mar, que ella me dio en custodia.
Luego no estaría ahí, pero tengo un mejor mar, y ahora cabí lo mejor. Ella me proporcionó un mar sin mar. No necesito más que la conexión cerebro-espiritual para acomodar sus esferas de piedra, y cuando lo logre, cuando lo logre quizás, quizás pueda escribir el sagrado nombre de ella, la palabra oculta.