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Los estudios de campo, del Dr. Arkady Volkov Lazenko: Escuela de Brujos

Los estudios de campo, del Dr. Arkady Volkov Lazenko: Escuela de Brujos
CRÓNICAS

Los estudios de campo, del Dr. Arkady Volkov Lazenko: Escuela de Brujos

Yo pasaba, a veces estaba a veces no, y las miradas en ocasiones se cruzaban, en otras se extrañaban. Yo sabía que ella andaba por ahí; ella sabía que yo pasaba. Era, cómo explicarlo, una conversación entera hecha de puras miradas, sin una sola palabra que la ensuciara.

Radio Pachuko · 10 agosto 2026 · 30 min lectura
LOS ESTUDIOS DE CAMPO

DEL DR. ARKADY VOLKOV LAZENKO

Bitácora 5: ESCUELA DE BRUJOS

Radio Pachuko · 10 agosto 2026 · 33 min lectura

Me desperté antes que el gallo y antes que el mundo tuviera ganas. Abrí la cortina esperando que, al destapar la ventana, apareciera el sol prendiendo las montañas. Nada. Afuera todo seguía azul, ese azul frío de las cinco de la mañana, y las montañas todavía a oscuras. Soplaba un viento de esos que no despeinan a nadie. Hacía frío. Un frío bueno, seco, perfecto —el frío que a mí me pide agua bien helada, porque no hay mejor manera de saludar una mañana que dejar que el chorro gélido le cierre a uno la respiración y le avise al cuerpo que la cosa va en serio—. Tenía algo importante que hacer, y ahí estaba de pie frente a la ventana, medio dormido, con Rodríguez y Ramírez echados, roncando como dos motores diesel de los viejos, ajenos por completo a la empresa que me había sacado de las cobijas.

El plan era simple: desayuno, sacar a los perros a estirar las patas antes de salir —no dejarlos encerrados esperándome, mirando la puerta— y después, a lo mío. Un plan de científico organizado, que duró lo que tardé en llegar a la cocina. Café no había. Revisé donde siempre, y donde siempre estaba vacío. Una bolsa que doblé y desdoblé buscándole un resto de café escondido, y al derecho y al revés seguía vacía, la misma bolsa burlándose de mí. Huevos, tampoco —ni uno, ni el solitario que uno reza encontrar al fondo—. Y cuando fui a agarrar una sartén para improvisar algo con lo que fuera, resultó que ni las sartenes encontraba: había abierto tres gavetas equivocadas antes de dar con una que —lo juro— no sabía que existía en mi cocina. Uno cree que conoce su casa. ¡No conoce nada!

Con medio brazo metido en esa gaveta desconocida, hurgando entre trastos que no recordaba haber guardado, fue que la radio me agarró desprevenido. Yo la había dejado sonando bajito, para sentirme acompañado, en una emisora de esas que a esa hora regalan especiales para los pocos que andamos despiertos —esa madrugada, el especial era del Príncipe—. Y al mismo tiempo que seguía escarbando dentro de la gaveta fantasma, cuyo interior ni siquiera podía ver, haciendo arqueología en casa, entró la canción: «Desesperado».

Me quedé quieto, con el brazo hundido hasta el codo y la cara vuelta hacia el aparato, en una posición incomodísima, como si la palabra me hubiera puesto una mano en el pecho. No es que yo estuviera desesperado esa mañana —andaba fastidiado, con hambre, nada más—. Ese tema, a esa hora, sonando para nadie o para mí, tenía el descaro de nombrar algo antes de que yo supiera qué era. Y con la mano todavía adentro, tanteando a ciegas, toqué el hierro.

La reconocí de inmediato: era una sartén. Eso primero. Después las preguntas —¿por qué tan pesada?, ¿por qué tan glacial, como si hubiera estado invernando?—. La saqué despacio, valorando el peso muerto de esa mole, y al darle la vuelta, en la cara ennegrecida que siempre mira al fuego, ahí estaba, grabado en el hierro: «El Refugio». Y con esas dos palabras se me vino encima Genaro, el restaurante, todo. Ese trasto negro que me acompaña, sin siquiera yo saberlo, hacía años, y que en ese momento —no sé si por la hora, o por el Príncipe cantándole al desamparo— me invitó a mirarlo como quien mira una foto que se cayó de un álbum, una que andaba suelta, sin funda, y que además es mejor que todas las del portafolio.

Y ahí me fui, sin querer, para atrás, muy para atrás —en un espacio y tiempo donde yo no me llamaba como me llamo, no tenía la tarjeta que hoy no le entrego a cualquiera—. Antes de escoger, por fin, el nombre y los apellidos que me gustan. Antes del «Dr.», que nunca me gané jurando nada frente a nadie: el juramento mío lo hice con otra gente, en otro mundo, en una cocina muy distinta. Yo entonces era otra persona. Estaba perdido. Per-di-dí-si-mo. Y todo empezó, aunque yo no lo supiera, un lunes cualquiera, lavando platos ajenos.

Yo tenía diecinueve años y una sola certeza, que es más de lo que muchos tienen. La certeza era la patria. El año anterior había agarrado la plata que me regalaron los tíos, las abuelas, los padrinos de ocasión —esa colecta que el mundo le hace a uno cuando sale del colegio, como despidiendo a un soldado— y en vez de guardarla, en vez de ser sensato, me la fui gastando por los caminos, pueblo por pueblo, hasta el último cinco. Un mes entero acampé en un Tamarindo que hoy nadie me creería: la tienda armada en la arena, y cerca del campamento una panadería alemana, y caminando un kilómetro la piscina del resort que salía en Endless Summer II, a la que nos colabamos con elegancia —el mar al frente, la arena caliente y una paz que ya no se consigue ni pagándola—. De ese viaje volví quebrado y marcado. Quebrado de la billetera. Marcado del alma. Volví sabiendo lo único que iba a saber por mucho tiempo: que lo mío era andar, y que todo lo demás —el trabajo, la plata, el techo— no era la vida, era lo que había que resolver para poder salir otra vez.

Y ahí estaba el problema, uno que cualquiera que haya querido vivir así conoce en carne propia. ¿Qué trabajo puede darnos de comer por una semana, un mes, tres, y después soltarnos sin rencor cuando a uno le pican de nuevo los pies? Muy pocos. Ese trabajo hay que inventarlo, y yo, perdido como andaba, ¿qué podía inventarme? Nada. Lo busqué por todas partes con la cara de ilusión del que todavía no sabe cómo funciona el mundo. Hasta que apareció Genaro. O más bien: hasta que mi mamá, sin decírmelo, movió el hilo que había que mover. Ella había sido de las mejores empleadas que tuvo Genaro cuando él mandaba en una panadería grande, de esas con puntos de venta en todo el país. Había dejado aquella cadena en lo más alto, sin que nadie lo botara, sin quiebra. La dejó por una razón sola —no era su sueño hornear el pan de otro—. Y a mí me tendió la mano por el reverso de esa misma razón: por cuánto le habría gustado a él, a los diecinueve, que alguien le ofreciera la pista de vuelo que ahora me estaba ofreciendo a mí.

Nos sentamos en una de las mesas del local todavía a medio armar, las sillas volteadas sobre los tableros, un olor a pintura fresca que no se terminaba de ir. Me explicó cómo iba a ser la cosa: domingo a domingo, sin descanso el primer mes, así es esto. Y una condición más, que me dijo despacio, como quien ya sabe que el muchacho que tiene enfrente se va a ir.

—Cuando le agarren las ganas de irse a andar por ahí, que le van a agarrar —señalando con el índice de la derecha—, no me deje botado de un día para otro. Consígame usted mismo quién lo releve, y andará con mi bendición.

Le di las gracias. Y entre condición y condición, entre lo del horario y lo del reemplazo, se quedó mirando hacia la puerta abierta, hacia la calle donde empezaba a moverse el día, y dijo, como quien no dice nada:

—Usted lo que anda buscando es una Arcadia, muchacho.

(esto debe mejorar para narracion) Yo no sabía qué era eso. Se me debió notar, porque me lo explicó, sin bajarme el tono. Me habló de una región de la Grecia vieja, un lugar de pastores y montes que los poetas de después agarraron y volvieron otra cosa: el sitio ideal, el mundo sin mancha, la vida sencilla y perfecta que en realidad nunca existió en ninguna parte, salvo en las ganas de la gente. Una tierra que uno lleva adentro y sale a buscar afuera —caminando, mirando—, sabiendo en el fondo que a lo mejor no la encuentra. Lo dijo con calma, cebando cada palabra.

Y ahí me pasó una cosa que todavía me cuesta contar. ¿Cómo? ¿Cómo un señor que me ve por primera vez, que no sabía de mí más que lo de los pies que no se están quietos, me acababa de poner sobre la mesa —con una palabra vieja, griega, sacada de quién sabe qué noche de lectura— el plano exacto de lo que yo era y ni yo mismo había sabido dibujar? No me estaba enseñando nada. Me estaba leyendo. Como se lee a alguien que uno conoce de toda la vida, y yo lo había conocido hacía una hora.

(esta parte puede mejorar para narracion) No dije nada. Bajé la cara al café y revolví lo que no había que revolver —sin azúcar que disolver, no tenía nada, solo necesitaba las manos ocupadas para que el viejo no me viera a la cara—. Cuando levanté la vista, Genaro ya estaba en otra cosa, hablándome de la pila, de los horarios, del delantal que iba a usar, como si no acabara de mover algo enorme sin percatarse. Capaz que ni cuenta se dio. Yo sí. Su palabra quedó en mi cabeza, prendida: Arcadia. Y no se iba a salir más.

En «El Refugio» éramos tres, y uno de los tres era Guther. Lo escribo así, Guther, porque así se hacía llamar, y cuesta escribirlo sin que se me tuerza la boca. El hombre se llamaba Gutiérrez —Gutiérrez Hernández, para ser más claros—, y en algún momento de su vida decidió que Gutiérrez Hernández no estaba a la altura del personaje que sentía llevar por dentro. Así que se lo comprimió, le limó las orillas ticas, y le sacó eso: «Guther». Sonaba alemán. Él quería sonar alemán. Le ayudaba poco el tono de piel fototipo V, piel canela, que ya es decir; de alemán no tenía ni el sagrado silencio de un domingo. Lo único germánico en Guther era su talento natural para arruinar la espontaneidad ajena, y de eso le sobraba, para exportación.

Estaba ahí por lo mismo que yo, aunque jamás lo habría admitido: necesitaba plata y un trabajo que aguantara hasta que apareciera «algo mejor». Con un agregado que a mí me tomó tiempo entender, porque Guther lo soltaba como quien confiesa una medalla: el trabajito era también un encargo. Militaba en un movimiento —una secta, más bien, de esas que se disfrazan de partido— donde soñaba con llegar a lo más alto, y el dueño de aquel tinglado, un tal Comandante Garrapata, líder vitalicio, faltaba más, tenía por costumbre mandar a sus militantes a lavar platos, a cargar cajas, a tragar la humillación que hiciera falta. Antes de encumbrar a alguno, Garrapata debía estar seguro de la clase de perro en que se podría convertir; ojalá uno muy fiel. Y Guther tragaba. Tragaba sonriente, con la fe del que sabe que un día le va a tocar a él repartir los platos sucios. Los dos éramos pasajeros en la panadería del viejo, eso es cierto. La diferencia era el rumbo. Yo lavaba platos para poder irme a andar. Él lavaba platos para poder irse a mandar. El mismo delantal, dos hombres que no se parecían en nada.

(esta parte puede mejorar para narracion) Y desde el primer día me agarró de proyecto. No de amigo, de proyecto. —Guther no tenía amigos: buscaba siempre audiencia, sus discursos no podían quedar en el vacío—. Me miró, me midió con esos ojos que creían que medían, y decidió, en menos de una mañana, quién era yo. Un heredero, dictaminó. Un niño bien jugando a lavar platos, que no había sufrido, que no entendía nada del mundo real —el mundo real, en la cabeza de Guther, era un lugar donde él siempre estaba a punto de triunfar y donde los demás no pasábamos de ser esa masa pasiva que se pudre en el fondo de la sociedad—.

Le daba risa lo que yo leía. Me pescaba en un descanso con El Gráfico —un especial sobre Ronaldo, el Fenómeno, sobre estadios que yo soñaba con pisar algún día— y soltaba el aire por la nariz, esa risita que le conocí de memoria antes de la primera semana.

—Opio —decía, sin que nadie le preguntara—. El deporte es el opio con que los dueños del mundo entretienen a los bueyes.

Y volvía a su libro forrado que cargaba siempre en la bolsa del delantal, a sus subrayados, muy satisfecho de haber salvado un alma más con su diagnóstico. Una vez le conté que soñaba con conocer el Estadio Azteca, que quién va a México y no va al Azteca, pensaba yo. Me echó una mirada que no se me ha borrado en todos estos años: una mirada de asco fino, de arriba abajo, la de quien acaba de oler algo descompuesto.

—Lo último que se le ocurriría a un espíritu superior —me dijo— es ir a meterse entre la manada a ver veintidós brutos correr tras una bola.

Y ahí, sin saberlo, se retrató de cuerpo entero. A Guther eso no le interesaba. Guther, como todos los de su estirpe, amaba a la humanidad en abstracto y despreciaba a los humanos concretos. Los museos sí. La gente, no.

Una mañana la cosa pasó de la risita al escarnio. Yo había dejado un rato una de mis revistas sobre un cajón, y Guther le arrancó una página —una a toda plana, un jugador cualquiera en pleno salto— y llamó a Genaro con la solemnidad de quien va a presentar una denuncia. La sostuvo en alto para que el viejo la viera bien.

—Hay que pegarlo en la pared, don Genaro —anunció—. Con un letrero debajo: «Esto es lo que lee el empleado del mes. No le pida nada a este muchacho».

Se rió de su propia ocurrencia, mirando a Genaro, esperando el aplauso. Genaro no se rió. Miró la página, me miró a mí, miró a Guther —despacio, sin apuro, esa manera suya de mirar que valía por un discurso—, se acercó, le quitó la hoja de la mano sin brusquedad ninguna, y la dejó sobre el cajón, otra vez, de donde había salido.

—Hay mucho que hacer —dijo nada más—. Los dos. A la pila.

Y ahí nos mandó a los dos, con el mismo tono, como se manda a trabajar a dos que están para trabajar. Guther volvió a la pila mordido. Yo volví a la pila y ya. El mismo delantal, otra vez, diciendo lo que éramos.

Una tarde apareció Rocío. La vi entrar y lo pensé de una, tal cual, sin ordenarlo: ¡QUÉ GUAPA ESTÁ ROCÍO!

Llegó por Guther, eso que quede claro desde ya. Él la había invitado a pasar por «El Refugio» en su descanso —para hablarle del partido, del Comandante, de la Historia con hache mayúscula que él estaba escribiendo con su vida— y me mandó a servirles. Que yo les llevara a la mesa lo que Genaro tenía ese día, una pizza de las suyas, de masa fina, y un par de frescos, era parte del plan: Guther quería lucir a Rocío y lucirse él. Cuanto más abajo me pusiera, más arriba se sentía él con ella al lado.

(puede mejorar para la narracion) Serví la pizza haciéndome el que no la miraba, que es la manera más tonta y más segura de mirar a alguien. Guther estaba en su salsa. Habló y habló —del líder, de las masas, de lo que él iba a ser—, y en algún momento, pavoneándose aún más, sacó el tema de mi viaje. Le contó a Rocío que yo apenas juntara unos pesos me iba a ir a saber dónde, a acampar, y lo dijo con la boca torcida, como quien nombra una enfermedad.

—Imaginate el panorama —le dijo a ella, gozándolo—: dormir sobre la arena, cocinando en una cocinita de gas que hay que enterrar para que el viento no la vote, cangrejos metiéndose por todos lados. ¡Un horror! Lo mío es otra cosa. Yo no escapo. Este país necesita patriotas, no turistas.

Remató convencido, seguro de que la había impresionado, y se echó para atrás en la silla esperando el aplauso. Rocío no aplaudió. Se quedó un segundo callada, dejó la porción en el plato, se levantó, y cruzó hasta el mostrador donde yo fingía lavar algo. Se acodó ahí, cerca, y me buscó la cara.

—¿A dónde, en Guanacaste? —me preguntó, con los ojos encendidos—. Contame. Yo siempre he querido ir y nunca he ido.

Ahí se me acabó el disimulo. Le hablé de Tamarindo, de Ostional, de las tortugas llegando de noche a poner, de una playa a la que se llegaba caminando por la arena cuando bajaba la marea. Le expliqué lo de enterrar la cocinita, que Guther pintaba como una miseria y era una de las mejores cosas que me habían pasado en la vida. Ella preguntaba y preguntaba, y yo contestaba tratando de no meterme más de la cuenta, porque tenía clarísimo que Rocío estaba ahí por Guther, no por mí. Solo que ella seguía preguntando, y uno no le va a negar un lugar a alguien que lo quiere conocer.

Guther intentó recuperar la mesa. Metió un chiste, volvió al partido, subió la voz. No le funcionó. Rocío contestaba lo justo para no ser grosera y volvía a girarse hacia mí, hacia las playas. Yo lo veía por el rabillo del ojo, calentándose, poniéndose rojo por debajo del canela, mascando algo que todavía no soltaba.

Cuando se le hizo la hora, Rocío se despidió. Guther se levantó de un salto a acompañarla a la puerta, muy caballeroso, recuperando terreno, y en la puerta ella le dijo lo que se le dice a alguien con quien uno pasó un rato. Después dio un paso hacia adentro, buscándome con la vista por encima del hombro de Guther, y me gritó desde allá:

—¡Hasta luego, muchacho! ¡Mucho gusto, y gracias por la info sobre Güana!

Y se fue. Se fue, y yo me quedé mirando la puerta por donde había salido, con la sonrisa todavía puesta, como un baboso. Ese fue mi error: la sonrisa. Porque Guther la vio.

Volvió de la puerta despacio, mordido. Se paró enfrente, me examinó con esa mueca suya de catedrático, y soltó lo que traía atragantado.

—No te ilusionés, muchacho —dijo—. Una mujer como Rocío jamás cabría en una cabecita como la tuya.

Lo dejé pasar. Bajé la vista al mostrador, a no darle la cara, vaya mes me estaba dando el Guther. Y entonces, envalentonado con mi silencio, se estiró por encima del mostrador, me agarró la cara con una mano y se limpió en mis mejillas la grasa que le había quedado de la pizza, sin ninguna prisa, de un lado y del otro, como quien usa un trapo. Y me remató con un coscorrón en la moyera, fuerte, brusco.

No lo pensé. Salté el mostrador de un solo salto, mandé una silla a volar, y caí del otro lado ya cuadrado, el puño listo, buscándole la cara al hijueputa. Iba en serio.

(puede mejorar para la narracion) Y no hizo falta. Porque Guther, el patriota, el que no escapa, el revolucionario que soñaba con pelear por el país desde el Congreso, en cuanto me vio venir se tiró al suelo. Pecho tierra. No atinó a pararse, ni a cubrirse, ni a encararme: se dejó caer y empezó a arrastrarse hacia atrás, a gatas, buscando trinchera bajo una mesa —la mesa donde hacía unos minutos hablaba con Rocío—. En la huida tumbó sillas, arrastró un mantel, y se vinieron abajo los platos y los vasos con un estrépito que en mi cabeza sonó exacto al arranque de «O Fortuna» —los timbales, el coro entero aullándole al cielo la desgracia, la rueda de la fortuna girándole en contra a semejante velocidad—. Y ahí quedó, a medio meter bajo la mesa, las piernas afuera, tapándose la cabeza con las dos manos.

Los puños se me quedaron en el aire. No los solté. ¿Cómo iba a írmele encima a eso? los solté. ¿Cómo iba a írmele encima a eso?

Me quedé parado, cuadrado todavía, temblando, mirándolo arrastrarse por el suelo de la cocina de Genaro. Y la rabia se me empezó a mezclar con otra cosa, una que no esperaba y que casi me da más asco que la grasa en la cara: lástima. Lástima de la fea.

En ese momento —con Guther en el suelo— apareció Genaro.

Genaro no gritó. Se paró en el marco de la cocina, miró el desastre —las sillas, los vidrios, el mantel en el suelo, a Guther con medio cuerpo bajo la mesa y a mí cuadrado como un gallo—, y dejó caer una sola frase, sin levantar la voz, que fue peor que cualquier grito.

—Me importa una mierda lo que pasó.

Se agachó, agarró a Guther por un brazo y lo sacó de abajo de la mesa, sin brusquedad y sin cariño. Guther se paró temblando, arreglándose la ropa, buscando la dignidad entre los vidrios, entre las sobras de la pizza ahogados en el charco que había dejado el refresco al reventarse los vasos contra el azulejo.

—Usted —le dijo Genaro, señalándole la puerta— a su casa. Ya.

Guther abrió la boca. Traía un discurso que pensaba lo iba a redimir. Genaro no le dio tiempo. Solo lo siguió mirando, fijo, hasta que la teoría se le murió en el gañote, y el hombre nuevo, el patriota, el futuro diputado, agachó la cabeza y desapareció.

Después me tocó a mí.

—Usted —me dijo, sin señalarme, que era peor— recoge todo esto. Los platos y los vasos me los paga, hasta el último. Ese mantel lo lava usted, a mano, y si no sale la mancha lo paga también. Y ya, muchacho. Ya.

Todo por un pendejo bocón que no valía ni el mantel que yo iba a tener que lavar. Genaro caminó hasta la puerta principal, le dio vuelta al letrero —«Cerrado»—, y por primera vez en el día el restaurante se quedó callado. Trajo un basurero, un par de bolsas, el trapeador, otra escoba, y me fue dejando las cosas al lado sin decir palabra. Se sirvió un café. Se acomodó en una silla. Y esperó, mirándome barrer, dándome el tiempo que yo necesitaba para que se me fuera bajando la sangre de la cabeza.

Yo barría los vidrios todavía temblando; la rabia no se iba, se me había metido en las manos y no aflojaba. Y en ésas estaba, juntando pedazos de vaso, cuando Genaro habló. No supe si pensaba en voz alta o si se estaba dirigiendo a mí.

—¿Usted sabe lo que pasa con los lobos? —dijo—. Que la gente los tiene mal apuntados.

No le contesté. No podía todavía. Seguí barriendo.

—Dicen que el lobo es solitario. Mentira. El lobo es de los animales más sociales que hay; vive por los suyos, caza por los suyos, se muere por los suyos. Y dicen que es una fiera rara, un bicho del mal. Tampoco. El lobo no hace nada raro: hace lo que tiene que hacer un lobo. Cuida su manada y camina. —Le dio un sorbo al café—. Eso es lo que más me gusta de ellos, fíjese. Que caminan. Un lobo es capaz de irse solo cientos de kilómetros, atravesar montañas enteras, aguantar hambre y frío, buscando un territorio libre donde armar lo suyo. Cientos de kilómetros. Solo. Sin saber si lo va a encontrar. Y va igual.

Ahí sí paré la escoba. No sé cómo explicar lo que me pasó, con un puñado de vidrios a los pies. La rabia no se fue: se transformó. Todo lo que me temblaba por dentro por la pelea se me subió de golpe a la nuca, a los brazos, y se me erizó la piel entera de una manera que no tenía nada que ver con Guther. Era como si el viejo, hablándome de un animal, me hubiera puesto un espejo enfrente sin avisar. Un animal que camina cientos de kilómetros, solo, sin garantía, buscando su lugar, y que aun así vive por los suyos. No sabía ponerle nombre a lo que era. Genaro me lo acababa de nombrar, y ni cuenta se dio. Me quedé callado, con la piel de gallina y la boca seca, agarrado a la escoba, el único pivote que me mantenía en pie en aquel momento. Genaro se tomó lo que le quedaba del café, se levantó, dejó la taza en el mostrador y antes de meterse otra vez a la cocina me dijo lo último de la tarde, sin darle importancia:

—Termine ahí y váyase a su casa. Mañana hay mucho que hacer.

Y me dejó solo, con la escoba, los vidrios, y esa palabra que él no había dicho en ningún idioma en especial, dándome vueltas por dentro, buscando dónde asentarse.

Al día siguiente sonó el teléfono del restaurante. Genaro se limpió las manos, contestó, y del otro lado se oía apenas el hilito de una voz preguntando algo. Era Guther. Quería saber si todavía tenía trabajo.

—Todo bien, güevón —le dijo Genaro, sin dejar de hacer lo que hacía—. Aquí está el otro, no ha pasado nada, y hay mucho que hacer. Venite ya.

Y colgó. Guther volvió esa misma tarde. Yo lo recibí como se recibe el clima. Para mí el pleito se había muerto el día que no llegó a ocurrir.

Nos tocó el fregadero juntos, esa misma semana. Él pasaba los platos, los vasos, los cubiertos, y yo los recibía del otro lado: primero el rociador de agua caliente, que salía con una fuerza que pelaba, después el cepillo, dale y dale hasta sacar la grasa pegada. Es un trabajo que ocupa las manos y deja la cabeza libre, que es lo peor que le puede pasar a alguien como Guther, porque la cabeza libre, en él, se iba derechito a predicar.

Antes de arrancar, hizo un gesto raro y sacó del bolsillo un paquetito de mentas, de esas blancas de farmacia, y me ofreció una sin mirarme del todo. La acepté. La fui liberando del papelito con una mano, en lo que él tomaba aire para empezar, porque yo ya sabía que iba a empezar. Y empezó, retomando al catecismo, el de los defensores a ultranza de la propiedad colectiva y las libretas de abastecimiento, como quien vuelve a una casa que se le había quemado a medias: con cuidado, midiendo, de a poquitos. Me habló del Comandante Garrapata, de las masas, del materialismo que yo no entendía y él sí. Yo lo dejaba hablar, y seguía con el cepillo, dale y dale.

En algún momento, ya más cómodo, más él, se puso a hablarme de sus lecturas. De lo que había leído, de lo que había que leer. Y ahí, con las manos metidas en el agua sucia, soltó la que —hoy lo sé— fue la frase más reveladora que le oí en todo el mes. Dejó de pasar platos. Levantó una mano mojada, cerró el puño, solo el índice apuntando a un lugar cualquiera del aire. Yo paré el cepillo. Le miré la mano, el índice tieso clavado en la nada, después la cara. Y entonces habló.

—Hay un libro, mi amigo. Marx & Satan, se llama. De un tal Wurmbrand, jamás lo lea. Jamás. Ese libro no se lee.

No me explicó por qué. Solo la orden: no lo lea. Yo, que hasta ese momento no había oído nunca el nombre de ese libro, me quedé con unas ganas locas de leerlo, que es exactamente lo que le pasa a cualquiera a quien le prohíben una lectura.

Bajó el índice, volvió a los platos, y siguió. Y aquí viene lo que todavía me hace reír, lo segundo a lo que le puse atención en toda la tarde. Me confesó, orgulloso, que de ese libro maldito él sacó algo bueno: el apellido del autor: Wurmbrand. Que nunca en su vida había podido pronunciarlo bien, y que ahí, peleándose con esas consonantes imposibles, se le había prendido el foco.

—Un revolucionario de verdad —me dijo— necesita un nombre que le cueste a la derecha, un nombre que no puedan ni escupir sin morderse la lengua. Un nombre difícil es peligroso.

Así había nacido la idea de dejar de ser Gutiérrez Hernández y empezar a ser Guther: buscándose un arma fonética contra el enemigo. Y entonces, secándose las manos en el delantal, satisfecho de su propia genialidad, se volteó a verme y me hizo la pregunta.

—¿Y vos? —me dijo—. ¿No has pensado en cambiarte ese nombre?

Lo preguntó con condescendencia, seguro de que me hacía un favor, seguro de que me estaba abriendo una puerta que yo no sabía ni que existía. Esperaba, me imagino, que yo le dijera que no, que no se me había ocurrido, para poder él explicarme cómo se hace, con qué criterio, con cuánta astucia hay que elegirse un arma.

No levanté la vista del plato que estaba limpiando y conteste:

—Arkady Volkov Lazenko.

Y continue cepillando.

Guther se me quedó viendo. Procesó aquello un segundo, dos, y entonces le pasó algo que no le vi pasar ni una sola vez en todo el mes: se rió. Se rió de verdad, con ganas, con una risa que no era la risita de superioridad de siempre, sino una carcajada limpia, de persona, volviendo a ser, por un ratito, el Gutiérrez Hernández que debió haber sido siempre.

—Ponete serio, mi líder —me dijo, todavía riéndose—. Yo te pregunté por un nombre, y vos me armás el rótulo entero, con apellidos y todo. No joda.

Y volvió a los platos, meneando la cabeza, divertido. Para él la cosa quedó ahí, en una ocurrencia de muchacho, en un chiste que se le hizo gracioso una tarde lavando trastos. No se imaginó —cómo iba a imaginarse— que acababa de asistir, con las manos metidas en el agua sucia, al único bautizo que de verdad me importó en la vida. Que el rótulo del que se reía me lo iba a cargar décadas después, y que lo iba a portar con orgullo. Que yo no había dicho un chiste. Había dicho un nombre.

El nombre fue lo único bueno que me dejó ese mes. En esos días Rocío siguió apareciendo por «El Refugio», llegaba a esperar a Guther, pedía un fresco, y aguantaba a que el gran revolucionario colgara el delantal para irse con él. La veía y no podía no verla. Chiquillo, el cuerpo en llamas, sin cabeza todavía para separar lo que uno quiere de lo que uno desea.

Y me subía una rabia sorda que no era por ella. Que un fanfarrón de agua tibia se llevara a esa mujer no me cabía en la cabeza. No había justicia en eso, y como no podía gritarlo, lo cantaba por dentro: «I Don’t Want You No More», de Mano Negra, a todo volumen en mi cabeza, callado, dale que dale fregando. Después colgaba el delantal, salía a la calle, y el mundo seguía ahí, ancho y en desorden, esperándome.

Para llegar a «El Refugio» yo atravesaba todas las mañanas el parque El Retiro, y todas las tardes lo cruzaba de vuelta. Un parque chico, de barrio, con sus bancas despintadas y sus árboles viejos. Y ahí, en una casa de dos pisos que colindaba con el parque —una casa que desbordaba de flores por el balcón, maceteras por todos lados, palas, carretillos, sacos de tierra recostados contra la pared—, vivía la machita. La veía en el parque, algunas mañanas y algunas tardes, cortando el césped, moviendo macetas, con las manos en la tierra, haciendo lo suyo con una calma de persona que está donde quiere estar.

Cuando cruzamos miradas por primera vez, me miró con la misma curiosidad con que yo venía mirando todo desde que tengo memoria —esa manera de ver las cosas como si acabaran de inventarse, como si todo mereciera una segunda ojeada—. Esa manera de mirar que casi todos los adultos pierden en algún recodo del camino y no vuelven a encontrar. Ella no la había perdido. Porque uno anda por la vida sintiéndose el único que mira así, y de golpe, cortando el césped en un parque de barrio, había otra persona que miraba igual.

(esto puedo mejorar) Yo pasaba, a veces estaba a veces no, y las miradas en ocasiones se cruzaban, en otras se extrañaban. Yo sabía que ella andaba por ahí; ella sabía que yo pasaba. Era, cómo explicarlo, una conversación entera hecha de puras miradas, sin una sola palabra que la ensuciara.

Una mañana el parque El Retiro amaneció vacío, y el balcón de las maceteras también. Entré directo a lo de siempre, a lo que hacía todas las mañanas apenas llegaba al restaurante de Genaro: ver qué se había amontonado de la noche anterior, ponerme a limpiarlo. Terminé de lavar la sartén como la lavé tantas otras oportunidades: le di la vuelta, le saqué el jabón con el chorro, ayudé un poco con la mano, sintiendo bajo la palma esa aspereza tibia del hierro viejo, comprobando con los dedos que no quedara grasa, que quedara limpia, lista para el fuego de la jornada, y le pasé la mano por la superficie negra una y otra vez.

Y era hoy. Era mi cocina. La misma mano —más vieja, con más caminos encima— sobre el mismo hierro, revisando lo mismo que comprobé a los diecinueve. Toda una historia condensada en un gesto. El radio seguía sonando bajito, el día frío del otro lado de la ventana, y yo estaba de vuelta, parado en mi cocina, con la paila en la mano, aunque no tuviera nada que echarle. Porque seguía sin huevos. Toda esa vida recordada de pie frente al lavadero, y el problema que me llevó al recuerdo aun intacto: no tenía con qué arrancar la mañana.
Agarré la bicicleta. Rodríguez y Ramírez se levantaron de un salto, listos para la aventura, y les tuve que bajar la ilusión:

—Todavía no, muchachos, esperen un toque, ya vuelvo.

Me miraron con esa cara de reproche que ponen los perros cuando uno los deja, y se volvieron a echar, resignados, a vigilar la puerta. Salí. El minisúper de la esquina a tres cuadras, el aire frío pegándome en la cara, los pedales, esa sensación de ir libre. Traje el café. Los huevos los dejé para otro día: en la misma bolsa, con el traqueteo de la bici, me habrían llegado hechos pedazos. Ni modo. No todas los desayunos son perfectos.

Me tomé el café al fin, de pie, mirando por la ventana cómo afuera se iba soltando el frío. Y después sí: apenas abrí la puerta, Rodríguez y Ramírez salieron disparados a reclamar lo que les debía. Salí detrás. A caminar, que es lo que mejor hago, lo único que he hecho igual toda la vida, desde mucho antes de ser quien soy.

Y caminando, como siempre, pensé. Pensé en Genaro. En dos palabras que me dijo sin saber que me las regalaba, en dos tardes distintas. Una región que no existe en ningún mapa, un animal que camina cientos de kilómetros buscando dónde ser libre. Con esas dos me hice un nombre. El lobo lo acuñe en un idioma que unos cuantos ha ensuciado para vender un paraíso al que ellos jamás entrarían como mortales. Me pareció justo rescatarle al menos una palabra: un bestia que cuida a los suyos y no se está quieto.

Lo del «Doctor» vino después, por puro gusto de joder. Tratamiento que honro mas que muchos, de esos que nos miran a todos por encima del hombro. Así que me nombré Doctor yo también: mi jurado evaluador fue la calle, y la sustentación de mi tesis la justifico observando, a diario, siempre.

Genaro murió hace años.

Quedó esto: una sartén de hierro que me pasa la vida en la cocina, y un nombre que el viejo me sembró sin saberlo, dos palabras que me dijo lavando platos y amasando masa, que yo cargo desde entonces por todas partes.

Rodríguez y Ramírez iban adelante, sueltos, olfateándolo todo, parándose en cada esquina a leer el mundo. Los seguí, como los sigo siempre, casi todo había salido perfecto. Nada sale realmente perfecto. Igual, teníamos que seguir caminando.

 

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