por Valdo J.
Protocolo de misericordia.
El lunes amaneció igual que cualquier otro. San José se llenó de buses, de portones abriéndose tarde, de gente apurada con el café en la mano. El cambio de gobierno todavía no había ocurrido y, en los papeles, el país seguía siendo el mismo. Los ministros salientes empacaban lo poco que queda en los escritorios y los entrantes daban entrevistas largas sin decir nada concreto. El domingo electoral ya había pasado y, con él, esa sensación incómoda de haber despertado en una casa conocida con los muebles movidos apenas unos centímetros.
En Desamparados, una familia desayunaba sin radio ni televisión. El padre revisaba el celular con el ceño fruncido, la madre acomodaba los platos sin sentarse del todo. No discutían de ideologías ni de programas de gobierno. Hablaban de trabajo, de horarios, de lo que pasaría si las cosas se ponían raras. Ambos sabían que los nombres grandilocuentes y las ideas abstractas casi nunca llegan primero a los barrios, llegan las consecuencias. La conversación terminó rápido. Había que salir.
En San Pedro, en una casa grande que hace décadas fue una mansión y ahora apenas se sostiene, dos adultos mayores caminaban despacio entre muebles viejos. La casa llevaba meses en venta. No por gusto, sino por necesidad. El triunfo del Frente de Liderazgo Ancestral no les generó entusiasmo ni furia a los dueños de aquella casota venida a menos; les generó dudas prácticas. Habían escuchado las propuestas sobre vivienda, sobre comunidad, sobre soluciones colectivas. Ninguna parecía pensada para gente que ya va de salida y solo quiere cerrar cuentas sin quedar a la deriva. Se sentaron en la sala, en silencio, mirando una pared donde antes hubo cuadros.
En Barrio México, un mecánico levantó el capó de un carro y apagó la radio con un manotazo. No quería oír análisis ni celebraciones. El nombre del Frente le producía una mezcla rara de fastidio y desconfianza. No por doctrina, sino por experiencia. Demasiadas palabras grandes, demasiadas promesas que no pasan por el taller ni por las manos llenas de grasa. Siguió trabajando con más fuerza de la necesaria, como si apretar tornillos fuera una forma de afirmarse.
En otro punto de la ciudad, Ron entró a la soda El Refugio con el paso apurado y el abrigo largo rozándole las pantorrillas. Una gabardina de cuero, gastada en los bordes, que él defendía como la prenda perfecta: decía que tenía el largo justo, el que habría servido en el Viejo Oeste para ocultar bien las pistolas. Don Martín lo conocía desde hacía años y apenas lo vio supo que ese café que pediría no iba a ser rápido. Ron pidió uno y se quedó de pie, apoyado en el mostrador, como si el discurso ya estuviera en marcha antes de que le sirvieran la taza.
Apenas Don Martín se perdió en la cocina, Ron arrancó. Habló del triunfo del Frente de Liderazgo Ancestral con una emoción que se le desbordaba en frases largas, elevadas, llenas de conceptos que había repetido la campaña hasta el cansancio. Se empinó un poco sobre la punta de sus botines de cuero, amagó con meterse detrás del mostrador, como queriendo asegurarse de que lo escucharan. El café llegó y Ron dio un sorbo rápido, se echó hacia atrás, cerró el puño derecho con fuerza, como si fuera a dar un gancho al hígado, alzó la cara y encorvó el cuerpo como quien va a gritarle algo al cielo y soltó uno de esos nombres teóricos imposibles, inmateriales, que prometían explicarlo todo sin explicar nada. Luego volvió a mirar alrededor, midiendo la respuesta del público, quién podía estar tomando nota, aun cuando en la soda solo estaban Don Martín y tres muchachas que atendían las mesas sin prestarle atención.
Siguió hablando. A ratos con la taza en la mano, a ratos señalando el aire, convencido de que el país acababa de cruzar un umbral histórico. Don Martín regresó al mostrador, lo escuchó un segundo, le dio una cachetada suave en la mejilla y sonrió con esa mezcla de paciencia y afecto que solo dan los años.
—Mijo, ni usted se cree esa hablada.
Luego le cobró el café, sin apuro, como recordándole que el país seguía en piloto automático, que el traspaso de poderes todavía no había ocurrido y que, por ahora, en El Refugio, el café se pagaba.
Ese lunes, el Frente apareció en cadena con su primer mensaje oficial posterior a la elección. El tono fue calmo, casi pastoral. Hablaron de orden, de responsabilidad histórica, de una etapa nueva para el país. No anunciaron medidas, no dieron fechas, no explicaron mecanismos. Cerraron con una frase cuidadosamente pulida: el país entraba en un tiempo de corrección moral. Nadie supo muy bien qué significaba eso. Nadie preguntó demasiado. El lunes siguió su curso. Ese fue el día cero.
El cambio empezó por lo visible. Una mañana aparecieron banderas nuevas en rotondas y edificios, colgadas con una prolijidad que llamaba la atención. Los colores del Frente de Liderazgo Ancestral se repitieron en postes, fachadas y puentes peatonales. No anunciaban nada importante: talleres, encuentros, mesas abiertas, comunicados sin fecha. La ciudad siguió funcionando y el paisaje empezó a verse distinto.
Al final de la tarde, Ron llegó a la soda El Refugio. Don Martín levantó la vista con sorpresa: hacía meses que no lo veía y menos a esa hora. Ron entró con la gabardina de cuero abierta, orgulloso, y se acercó al mostrador sin pedir nada. Señaló el parche cosido a la altura del pecho. El escudo era nuevo, los colores limpios, brillantes, elegantes.
—Trabajo para el gobierno —dijo, como si estuviera compartiendo una confidencia.
Don Martín miró el parche, luego a Ron. No dijo nada.
Ron tomó aire y arrancó. Habló del Departamento de Signos Externos como quien presenta una obra mayor. Dijo el nombre completo, despacio, saboreándolo. Explicó que era un ministerio, que él no era ministro, que eso no importaba. Se definió como soldado raso de un apostolado público. Dijo que el poder primero se ve y después se siente. Que el orden entra por los ojos. Que la ciudad necesitaba aprender a mirar distinto.
Pidió café y siguió hablando antes de que se lo sirvieran. Contó que habían contratado gente a montones, que las imprentas no daban abasto, que las banderas llegaban en camiones enteros. Hizo un gesto amplio con el brazo, como abarcando todo San José. La repetición corregía el desorden, que la presencia constante educaba, que eso no era propaganda, era pedagogía.
Tomó la taza, dio un sorbo corto y volvió a lo suyo. Caminó hacia el patio, midió con los ojos, volvió al mostrador con la idea ya formada.
—Aquí entra una valla hermosa —exclamó Ron—. Grande. Diez metros de alto, treinta y cinco de largo. Se ve desde lejos. Tránsito perfecto.
Le explicó a Don Martín cómo funcionaba todo. Plataforma metálica, montaje rápido, pago mensual fijo. Dijo que el canon se llamaba APR y lo dijo sin bajar la voz.
—Algo pa Roncito —aclaró, sonriendo—. Nada raro. Todo el mundo gana.
Prometió ingresos constantes, exposición, buena relación con el gobierno. Una oportunidad que no se repetía. Hablaba como si el trato ya estuviera hecho, como si solo faltara asentir.
Don Martín escuchó en silencio. Miró el patio, el árbol del fondo, la pared curtida por años de humo.
—No —contestó.
Ron no discutió. Se encogió de hombros, terminó el café de un trago y volvió a hablar de otras cosas. Tocó el mostrador con los nudillos, se despidió con afecto y salió.
Esa noche, a varias cuadras de la soda, comenzó a levantarse una estructura metálica. Al día siguiente, una valla gigantesca apareció sobre una plataforma que tapó una vista conocida y proyectó sombra sobre aceras ajenas. En El Refugio, las mesas siguieron ocupadas y el café salía caliente. Don Martín cerró a la hora de siempre. Desde la esquina, la ciudad ya se veía distinta.
La maquinaria empezó a moverse con ritmo propio. En los edificios públicos aparecieron rótulos nuevos en puertas que nadie recordaba haber visto. Los pasillos se llenaron de cajas, banderas enrolladas, rollos de lona. Los cinco ministerios recién creados anunciaron su entrada en funciones con comunicados breves y actos pequeños convertidos en noticia. Cada uno tenía nombre solemne, misión amplia y presupuesto asignado.
Ron pasó a cumplir tareas nuevas. Además de coordinar banderas y vallas, ahora notificaba. Llegaba con carpetas delgadas, hablaba poco y usaba palabras aprendidas en reuniones recientes, ilustrándolas con exagerados movimientos de manos, como si dirigiera una orquesta. Hablaba de “reordenamiento”, de “alineamiento”, de “criterio actualizado”. Caminaba con seguridad por talleres y oficinas, como quien trae un mensaje inevitable.
En el centro de San José, entró a una imprenta que llevaba años trabajando para el Estado. Saludó al dueño por su nombre y dejó un encargo sobre el mostrador. El pedido era grande y urgente. Ron habló de coherencia gráfica, una etapa que exigía velocidad. Cuando el impresor preguntó por el pago, Ron respondió que el trámite estaba en curso, que el sistema nuevo requería paciencia. Se despidió sin apuro. Las máquinas volvieron a arrancar. Había planillas que cubrir.
Esa misma tarde, Ron llegó al taller de Barrio México. El mecánico estaba con un carro de esos que piden resurrección más que arreglos. Sus manos negras de grasa. Ron esperó a que terminara, apoyado en la pared, mirando el lugar con especial atención.
El mecánico se limpió las manos con un trapo empapado de thinner, cauteloso. Ron habló sin apuro, con tono amable.
—Mirá, los contratos que tenías con los ministerios viejos no siguen. Se dió una revisión discreta. Prioridades nuevas. Un enfoque más integral.
Ron se movía despacio por el taller. Se asomó por el interior del carro abierto, inclinándose lo justo para mirar dentro del motor. Tomó una llave, la sopesó, la devolvió a su lugar. Asintió al ver una caja de repuestos contra la pared.
—No es algo personal —continuó—. Es un ajuste general.
El mecánico pasó el trapo por sus manos otra vez. No dijo nada.
Ron señaló unos papeles pegados con cinta sobre la pared, miró un compresor viejo, tocó con los nudillos una mesa metálica.
—Igual, no todo se cierra. El país se está abriendo a otras cosas.
El mecánico levantó la vista un segundo.
—¿A qué cosas? —preguntó.
Ron sonrió. Sacó un papel doblado del bolsillo interior de la gabardina y lo dejó sobre una mesa de soldadura manchada de aceite.
—Comercio internacional. Maquinaria pesada. Carga grande que entra y sale sin tanta vuelta.
Se acercó un poco más, como compartiendo un secreto.
—Un contacto chino. Pirata mercante. Mueve equipo que a veces necesita ensamblaje, ajustes, reparaciones rápidas antes de seguir camino a su destino final dentro del país. No todo queda en los papeles.
El mecánico miró el papel sin tocarlo.
—Eso es progreso —dijo Ron—. Modernización. No todo el mundo está listo para entenderlo.
Ron volvió a mirar el carro abierto y señaló el motor con la barbilla.
—Decime algo —dijo—. ¿Vos revisás solo carros o también otras cosas?
El mecánico frunció el ceño.
—Depende —respondió—. ¿De qué clase de máquinas estamos hablando?
Ron bajó un poco la voz.
—Seamos claros —dijo—. Este país no se mueve por leyes, se mueve por grupos. Hay mafias de gustos muy exquisitos que controlan sectores completos. Concreto, obra pública, repuestos. Con esa gente hay que caminar fino.
El mecánico dejó el trapo sobre la mesa.
—El contacto que te mencioné mueve maquinaria —continuó Ron—. Parte del negocio entra por fuera del circuito formal, no te lo voy a maquillar. El pirata no es el problema. El problema son los que mandan acá y no quieren competencia. Aun así, el servicio que da es serio. Garantía, servicio postventa, palabra cumplida. En toda su ilegalidad es un carajo honesto.
Miró alrededor del taller, midiendo el espacio.
—¿Qué clase de máquinas? —volvió a preguntar el mecánico.
—Para hacer bloques de concreto. Ladrillos de arcilla. Trituradoras de desechos orgánicos. Trituradoras de madera. Hornos para carbón. Mecánica directa. Poco circuito, poca computadora.
El mecánico asintió una sola vez.
—Maquinaria industrial.
Ron sonrió con amplitud, satisfecho. Señaló la mesa manchada de aceite donde había dejado el papel.
—Estamos conectados, mi amigo. Todo lo que necesitás saber está ahí. Que no se diga que el Frente de Liderazgo Ancestral no le da oportunidades a su gente.
Esa noche, el Frente apareció en cadena nacional. Anunció una reorganización administrativa para garantizar eficiencia y coherencia ética. Mostraron imágenes de banderas nuevas, edificios intervenidos, actividades menores presentadas como hitos. No hablaron de costos ni de plazos. El cierre vino acompañado de aplausos grabados.
Al día siguiente, la ciudad amaneció en movimiento. Los buses siguieron pasando, las sodas abrieron temprano, los talleres levantaron portones. En varios puntos, estructuras metálicas crecían hacia arriba. El ajuste ya estaba en marcha.
A media mañana, con un tono celebratorio. El Frente de Liderazgo Ancestral informó que el salario mínimo se duplicaba y que la jornada laboral se reducía a treinta horas semanales. Las cifras se presentaron como un acto de justicia largamente esperado. Aplausos, música institucional y sonrisas entrenadas. Las palabras “dignidad” y “avance histórico” se repitieron varias veces. En pantalla, los gráficos subían sin mostrar el suelo donde caían.
Los ajustes prácticos no tardaron en llegar. Negocios pequeños cambiaron horarios sin avisar. Algunos colgaron carteles escritos a mano anunciando cierres temporales. Otros abrieron dos horas y cerraron antes del mediodía. Empleados celebraron la noticia por la mañana y preguntaron por su puesto al caer la tarde. En bodegas y oficinas se hicieron cuentas rápidas con lápiz. Las sumas no cerraban.
En las sodas y restaurantes la conversación se volvió abrasiva. La gente criticaba al régimen con naturalidad y constancia. Nadie discutía consignas: se hablaba de precios, de turnos que ya no alcanzaban, de jefes que pedían lo mismo en menos tiempo. El cansancio empezó a notarse.
Ron circulaba por la ciudad con una tranquilidad nueva. Supervisó actos menores, firmó autorizaciones breves, explicó cambios con lenguaje técnico. Ya no sorprendía verlo. Su presencia se volvió parte del paisaje urbano, un signo externo más.
En Barrio México, el mecánico recibió a Ron en el taller con el ruido de una máquina encendida. La nueva adquisición ocupaba un rincón limpio. Ron la observó con interés, tocó el metal, preguntó por ritmos y tolerancias. El mecánico explicó sin adornos: la máquina cabía en el espacio, el mercado era amplio, la producción constante. Clavos para ferreterías, para obra menor, para reparaciones diarias. No hacía falta expandirse, hacía falta precisión. Ron torció sus labios hacia abajo al mismo tiempo que asentía con la cabeza, sorprendido por la rapidez del avance. El mecánico le alcanzó un paquete pequeño, recién terminado.
—Para que vea cómo queda el trabajo.
Ron guardó el paquete en el bolsillo interior de la gabardina. Un atardecer terroso lo acompañó hasta la soda El Refugio.
—Llegás distinto —dijo Don Martín, sin dejar de limpiar una taza—. Cada vez que aparecés, sos otro.
Ron apoyó el codo en el mostrador. Miró alrededor como si el lugar le resultara familiar y ajeno al mismo tiempo.
—Este lugar sigue siendo el mismo, Don Martín —dijo.
Don Martín negó despacio.
—No. A vos te siento más lejano. Como si el Ron que yo conocí nunca hubiera estado aquí.
Ron sonrió, sin humor. Se encogió de hombros.
—Tiene razón, Don Martín. Ese Ron nunca existió.
Don Martín siguió limpiando la taza.
—Estás en lo correcto condenado —dijo, sin mirarlo.
Antes de irse, Ron sacó el paquete de clavos y lo dejó sobre el mostrador.
—Pa que no piense que soy otra persona Don Martín. Estos clavitos vienen de un carajo muy trabajador, así como usted. Solo que este carajo que está fabricando estos clavos, supo reconocer las nuevas ventajas de este gobierno. Los clavos siempre son útiles.
Don Martín miró el paquete. Ron ya iba de salida. La soda siguió abierta, la calle se llenó de pasos. Afuera, la ciudad continuó ajustándose.
El malestar dejó de ser comentario y se volvió presencia. En distintos puntos de la ciudad aparecieron grupos sin organización clara: gente parada en esquinas, carteles escritos a mano, gritos sueltos que no llegaban a formar consigna. No había líderes ni rutas. Había hartazgo. Comercios cerraban antes de la hora habitual. Algunos abrían solo para cumplir. La ciudad seguía moviéndose, cada día con menos pulso.
El momento preferido de Ron: la tarde tomando café en la soda El Refugio. El lugar estaba más vacío de lo normal. Don Martín acomodaba botellas en el refrigerador, sin prisa.
—¿Y las muchachas? —preguntó Ron, apoyándose en el mostrador.
Don Martín cerró la puerta del refrigerador con cuidado. Se secó las manos en el delantal.
—Ya no están —dijo—. Las tres.
Ron no respondió de inmediato.
—Hice cuentas toda la semana —continuó Don Martín—. El salario al doble, la jornada recortada. No daba. Ni estirando. Ni inventando. No existe brujería alguna que hubiera logrado permitirme seguir pagándoles el sueldo.
Ron cruzó los brazos.
—Eso es falta de imaginación, Martín. El Frente está abriendo el juego. El país entero está lleno de oportunidades nuevas.
Don Martín soltó una risa seca.
—Yo sirvo café —respondió—. No promuevo fantasías.
Ron levantó la cabeza, como quien escucha a un niño testarudo.
—Ese es el problema —dijo—. Seguir pensando chiquitico.
Don Martín apoyó ambas manos sobre el mostrador. Esta vez lo miró de frente.
—No es pensar chiquitico. Es pensar con lo que existe. A vos te pagan por repetir consignas. A mí me toca pagar salarios, alquiler, luz, café, etc.
Ron respiró hondo.
—El país está cambiando, Don Martín. Hay que alinearse.
—En el papel todo les funciona a ustedes —dijo Don Martín levantando la voz—. La teoría les encanta, siempre sacan las cuentas claras. El país no es una hoja de papel y la gente a ustedes les estorba. Y eso vos y el Frente lo tienen muy claro, Ron.
Ron lo miró un segundo más de lo necesario. Luego habló, bajando la voz.
—Por cierto —dijo—. Las cosas van tan bien que no va a haber elecciones el próximo año.
Don Martín parpadeó.
—¿Cómo?
—Decisión tomada —continuó Ron—. Los indicadores están bien, el rumbo es claro. No se puede frenar un proceso tan avanzado por caprichos electorales.
Don Martín se quedó viéndolo como si no hubiera entendido. Luego soltó una risa que no calzaba con nada, una carcajada larga y descompuesta que le salió del pecho y se le trepó a la cara. Se apoyó en el mostrador, doblado, riéndose solo, con los ojos aguados, como si de pronto se le hubiera reventado algo por dentro.
Ron no se rió. Se le marcó el ceño. Golpeteó el borde del mostrador con la uña del índice, seco, insistente, como el bolillo de un tambor.
—¿Y vos decís eso así, tan tranquilo? —logró decir Don Martín, todavía con la risa atravesada—. ¿Me estás oyendo, Ron?
Ron lo miró con incomodidad.
—No todos entienden lo que cuesta sostener un proceso Don Martín. Hay sacrificios. Incluso pensé en no cobrarle el APR, cosa que no le perdono a nadie.
Volvió a golpetear el mostrador, sin quitarle los ojos de encima.
—Veo que usted ya escogió el camino difícil, Don Martín.
Martín golpeó el mostrador con la palma abierta.
—¡Se están cagando en todo! —gritó—. En la gente, en el trabajo, en el país entero. Y vos sos parte de esa porquería.
Ron no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo, en silencio, como si todavía estuviera decidiendo algo. La risa de hacía un momento se había convertido en un eco en su cabeza.
—Vine a ver si valía la pena ofrecerte ayuda Martín —dijo al fin—. Estoy subiendo. Voy a entrar a una reunión importante. Gente pesada, gente que decide cosas de verdad.
Don Martín lo miró con desconfianza.
—¿Y eso a mí qué?
Ron golpeó varias veces con el dedo indice de su mano izquierda sobre el mostrador, sin fuerza.
—Este lugar puede servir. El Refugio puede ser un punto de encuentro. Presencia. Movimiento. Podría dejar de ser una soda y convertirse en otra cosa.
Don Martín negó despacio.
—No.
Ron apretó la mandíbula.
—No todo el mundo rechaza estas oportunidades. Conviene pensar antes de cerrarse.
Don Martín caminó hasta el fregadero, escupió con rabia y volvió al mostrador.
—Salí de aquí —dijo—. Vos, tu partido y toda esa mierda.
Ron lo observó un segundo más. Esta vez no asintió.
—Después no digás que no tuviste opción —respondió.
Se dio media vuelta y salió.
Esa noche, en cadena nacional, el Frente de Liderazgo Ancestral anunció la suspensión de las elecciones presidenciales. El mensaje fue breve, solemne, sin espacio para preguntas. Hablaron de orden, de continuidad, de protección del proyecto colectivo. La transmisión cerró con música clásica.
En la calle, la reacción fue inmediata y confusa. Gritos sueltos, carreras cortas, empujones sin dirección. La policía recibió órdenes cruzadas. Nadie parecía estar a cargo del todo. En la soda El Refugio, Don Martín apagó la luz antes de la hora habitual. Se quedó un momento de pie, solo, con las manos apoyadas en el mostrador. Afuera, la ciudad empezaba a romperse por dentro.
Ron salió de la casa justo en las primeras horas de la mañana. La capital todavía estaba tibia, con ese silencio raro que queda entre el último bus nocturno y el primero de la mañana. Caminó varias cuadras antes de subirse al taxi. No iba hacia Casa Presidencial. Eso lo descolocó un poco. El punto de la reunión quedaba al oeste, en una zona donde las fachadas eran limpias y discretas, sin rótulos, sin placas, sin banderas.
El edificio no imponía por tamaño ni por diseño. Imponía por ausencia. Nada indicaba quién mandaba ahí. Un guarda lo hizo pasar sin pedirle nombre. Ron sintió una corriente breve en la espalda.
El salón era amplio, alfombrado, con mesas bajas y grandes sillones. Ventanales cerrados. Café servido antes de pedirlo. Hombres mayores, vestidos sin esfuerzo, conversando como si el país no estuviera crujiendo afuera. Ron entendió rápido: no estaban apurados. Nunca lo estaban.
Cuando le indicaron que podía hablar, no esperó.
—Es un honor estar ante estadistas de tan alto vuelo. Hombres cuya lucidez es, sin duda, la luz que este país necesitaba.
No hubo silencio solemne. Hubo risa. No estruendo, no burla. Risa relajada, de quien escucha algo que confirma lo que ya cree. Uno de ellos le dio una palmada en el hombro, sin mirarlo del todo.
—Muy fino usted, Ron.
Otro levantó la taza en señal de agradecimiento.
—Muchacho —dijo—, no te asustés. Acá no hay adolescentes iluminados. Nuestro líder anda rozando los ochenta. El hermano ya los pasó. Nando, ahí al centro, es el chamaco del grupo, sesenta y ocho. Y el resto… bueno, ya ves.
Señaló con la barbilla la cabecera.
—Ese sillón es para el que da la cara. El vocero. Chepe María V. Chiricuto. Cree que manda. Lo dejamos creer.
Las risas volvieron, más cortas. Ron rió con ellos. Ajustó el tono. No se pasó. Aprendía rápido.
—Has hecho bien el trabajo —dijo uno—. La ciudad se ordenó visualmente. La gente se incomoda. Buen síntoma.
—Aunque sigue hablando demasiado —agregó otro—. Protestas, prensa floja, desgaste.
—La gente —dijo un tercero, sin énfasis— siempre termina estorbando.
Ron escuchó. No interrumpió. Cuando habló, alzó la mano, como si pidiera la palabra en una clase. El gesto estuvo tan fuera de lugar que varios lo miraron con una curiosidad que molestaba.
—Si me permiten —dijo.
Asintieron.
—La gente no estorba por capricho, estorba cuando cree que todavía decide algo.
Ron dejó que la frase respirara, se acomodó apenas en el sillón. No por el cuerpo, sino porque el salón, palabra a palabra, comenzaba a admitirlo.
—Y por eso mismo —continuó—, si el Frente va a sostener el rumbo, tiene que aceptar lo obvio: el país no va a soportar otra campaña, otro domingo, otra ilusión de alternancia. Ya tomamos la decisión correcta. No se vuelve a convocar elecciones para que el proceso no se detenga por romanticismos cívicos.
Nadie interrumpió.
—Esa decisión tiene un costo, uno muy alto —dijo Ron—. Cuando quitás el ritual, la gente intenta inventarse otro: Protesta. Ruido. Se creen protagonistas. Y ahí es donde el régimen se juega su continuidad: o les devolvés la obediencia, o te obligan a negociar.
Ron apoyó ambas manos sobre la inmensa mesa y se acercó hacia quienes lo escuchaban.
—Yo no vine a ofrecerles fuerza. Vine a ofrecerles método. No podemos recurrir a fuerza bruta —siguió—. Una milicia nos compraría obediencia por unos años. Siempre con el peligro latente de que terminen mandando. Si el Frente de Liderazgo Ancestral quiere instaurarse a perpetuidad, no puede tercerizar el miedo.
Las tazas quedaron quietas. Nadie interrumpió. El murmullo del salón se apagó como si alguien hubiera cerrado una puerta.
—Hay métodos más antiguos —continuó Ron—. Más eficientes. Más pedagógicos.
Todos esperaron el remate de aquel discurso. Ron notó saliva acumulándosele en la boca. Le gustó.
—La crucifixión —dijo, sin rodeos.
El término no encajó en el salón, se sintió como una fina tasa de cristal que cae al suelo generando un estruendo espantoso. Quedó ahí, torpe, fuera de escala, una pieza traída de otro siglo. Nadie reaccionó de inmediato. El silencio empezaba a incomodar.
—¿La qué? —preguntó uno de los viejos, ladeando la cabeza.
Otro apoyó la palma abierta sobre la mesa y miró alrededor, como pidiendo confirmación.
—A ver —dijo—. ¿Estamos hablando en serio o esto es una metáfora que se nos está escapando?
Nadie parecía confortable. Ron notó el cambio. Ya no era atención amable: lo estaban evaluando.
—Porque si es una figura retórica —continuó el mismo—, convendría aclararlo. Y si no lo es… bueno, diría que ninguno acá entiende con precisión de qué estás hablando.
Señaló a los presentes con un gesto lento, abarcándolos a todos.
—Y no creo equivocarme.
Ron sintió un golpe seco en el estómago. No era rechazo.
—Antes de que sigás —intervino otro—, aclaremos algo.
Miró a los presentes, uno por uno.
—¿A este muchacho se le explicó por qué fue citado hoy?
Silencio. Cabezas negando, miradas esquivas. Nadie había dicho nada.
El viejo volvió hacia Ron.
—¿Sabía usted para qué fue citado a esta reunión, señor Ron?
Ron no dudó. Tampoco se disculpó.
—No —dijo—. Pensé que tenía que ver con algún ascenso, señor.
La risa no fue inmediata. Una pausa irritante recorrió las sillas del salón, como un viento frío, seguida de sonrisas mínimas.
—Eso explica bastante —dijo alguien al fondo.
Otro acomodó la taza de café con calma.
—Para que quede claro —continuó el primero—, no lo citamos para ofrecerle ningún cargo ejecutivo. Lo que se estaba valorando era una diputación. Más adelante. Con tiempo prudencial. Acercamiento progresivo. Nada inmediato.
Ron asintió despacio, absorbiendo el golpe sin bajar la mirada.
—Dicho eso —añadió el viejo—, ahora sí. Continúe. Sin duda nos intriga su propuesta.
Ron tragó saliva. Entendió que estaba solo. También entendió que esa soledad era su oportunidad. Tragó hondo y continuó.
—No hablo de una metáfora —dijo—. Hablo de un método señores.
Se puso de pie y empezó a dibujar en el aire la figura de una cruz enorme.
—La crucifixión no funcionaba por la muerte. Funcionaba por la espera, por la exposición, por el cuerpo suspendido en un lugar donde todos tenían que verlo. No era castigo individual. Era orden público. Uno de los viejos arrugó la cara, tratando de encontrar enfoque.
—¿Y vos estás sugiriendo crucificar gente en plazas?
—Sugiero instalar una cruz —respondió Ron—. Imponente. Visible. En la Plaza de la Democracia, frente a la Asamblea. Tránsito constante. Miradas obligadas. No para matar. Para fijar límites.
Lo dijo como quien ofrece moderación. De pie recorrió la enorme mesa con paciencia, midiendo reacciones.
—Tercerizar estos métodos opresivos es contraproducente. Eso se puede volver en contra del régimen. Esto es distinto. Esto educa. Marca. Reduce el ruido sin disparar una sola bala.
—¿Y a quién crucificarías primero? —preguntó una voz al fondo.
Ron respondió sin sonreír.
—A un ciudadano trabajador, común y corriente.
—¿Quién?
—Don Martín —dijo Ron sin dudarlo.
—¿Quién?
—¿De dónde?
—¿Qué cargo tiene?
—Ninguno —dijo Ron—. Tiene una soda. Un rostro conocido. Se le puede acusar de insurgencia, de no alinearse, de hablar de más, de despedir gente, de insultar al Frente de Liderazgo Ancestral. No representa nada. Justamente por eso sirve. Las miradas se cruzaron.
—¿Una soda?
—Jamás he entrado a una —dijo otro—. Ni para orinar.
Ron sostuvo el silencio.
—Exacto —dijo—. No es de ustedes. No es de nadie. Es visible. Y prescindible.
El hombre de la cabecera, que había permanecido callado, levantó la mano apenas.
—Como diputado serías un desperdicio muchacho —dijo el viejo.
—Lo que dijiste es una barbaridad —añadió otro—. Por eso mismo funciona.
Ron sintió un calor seco subirle por el pecho.
—Esto que proponés necesita forma —continuó el viejo—. Nombre. Marco. Jerarquía. Miró a los demás.
—Creamos hoy mismo el Departamento Nacional de Crucifixiones y Protocolos de Misericordia.
Algunos lucían muy convencidos. Otros sonrieron.
—Lo presidís vos, Ron —continuó—. Bien pagado. Con margen para decidir. Habló sin énfasis.
—Esto no se anuncia ni se llena de gente. Se hace en silencio. Pocos casos. Bien elegidos. En cada ejecución te acompañará gente del gobierno. Personas que conviene marcar, para que el resto entienda hasta dónde llega el juego.
Ron bajó la mirada un segundo. No por modestia. Saboreaba su momento.
—¿En cuánto tiempo creés que esto podría ponerse en marcha? —preguntó Nando.
—La próxima semana, señor —respondió Ron—. Da tiempo para preparar la estructura y ajustar el protocolo.
El viejo asintió apenas.
—Bien. Entonces avanzá.
En los papeles del Departamento Nacional de Crucifixiones y Protocolos de Misericordia, el método no figuraba como crucifixión. Figuraba como cruxificación. Una semana después, en la Plaza de la Democracia, una estructura nueva se levantaba sin anuncio. Alta. Tosca. De madera gruesa, apenas trabajada. No había pancartas ni logos. La cruz se explicaba sola.
A Don Martín lo sacaron de la soda sin ceremonia. Forcejeó. Preguntó. Intentó soltarse una vez. El cuerpo le respondió tarde. Ya no estaba para peleas largas. Ron caminaba a unos pasos, con una carpeta bajo el brazo.
—Se le informa —leyó— que incurrió en faltas graves contra el orden público. Entre ellas, desinformación sobre la continuidad democrática del Frente de Liderazgo Ancestral en el poder.
Don Martín lo miró sin entender.
—¿Qué es esta payasada Ron? —alcanzó a decir.
Lo desvistieron detrás de un panel improvisado. Le pusieron un taparrabo áspero, mal puesto. El despojo fue fugaz, torpe, sin cuidado. Sacaron unas cuerdas gruesas. No estaban pensadas para sostener, sino para inmovilizar.
Las muñecas fueron amarradas con demasiada fuerza. Vueltas y vueltas de mecate que se hundían en la piel. No cortaban limpio. Se incrustaban. Los tobillos siguieron el mismo destino.
El cuerpo quedó mal equilibrado. A punto de caer.
—Amárrenlo bien a la cruz —ordenó Ron—. Que no se caiga.
Una cuerda más cruzó el torso, apretada sin criterio. Don Martín gritó. El peso del cuerpo tiraba hacia adelante. Los brazos, elevados y tensos, obligaban a los hombros a una apertura imposible. Todo dependía del esfuerzo muscular. Y el esfuerzo no duraba. No se desmayaba. Eso fue lo primero que desconcertó a Ron. Era un viejo. Y seguía consciente.
Cada respiración exigía levantar el cuerpo unos centímetros para poder tomar aire. Cuando no lo lograba, el pecho se cerraba y el sonido salía roto. La cabeza caía. El cuello no sostenía.
—¿Por qué…? —preguntó Don Martín.
Alzó la cara apenas.
—Ron…
El nombre salió raspado.
—Ron…
Era un viejo. Y sabía exactamente a quién estaba llamando. Los dedos se entumecían. Los brazos temblaban.
—Mátenme… —suplicó Martín—. Mátenme ya, por favor.
El “por favor” fue apenas aire. Ron sintió el cuerpo fallarle. No fue miedo. El método duraba demasiado. El cuerpo sobre la cruz se deshacía, en una posición imposible. Don Martín no perdía la conciencia, no podía ni gritar. Ron seguía mirando el cuerpo. Y así sin siquiera tener oportunidad de sacar un pañuelo, el estómago le falló de golpe. Sin náusea previa, ni admonición. El vómito le salió sin advertencia alguna, violento, abundante, caliente, cayendo directo sobre el pavimento. Se quedó inmóvil, sorprendido, más molesto que asqueado. Don Martín volvió a intentar levantar la cabeza.
—Ron…
Era un viejo. Y se estaba descomponiendo muy despacio. Un hombre seguía leyendo un texto por megáfono. Nadie escuchaba. Un grupo gritó. Intentó acercarse. Los golpes cayeron rápido. Garrotes. Tres cuerpos en el suelo. Dos arrastrados a un camión.
—¡Tómenles la cédula! —vociferó Ron señalándolos—. ¡Que queden anotados! Después de este viejo, siguen ellos.
Alguien escribió nombres. La cruz siguió ahí. Sosteniendo un cuerpo que todavía no se iba.
Don Martín tardó tres días en morir. Eso fue lo que anotaron las fuerzas castrenses. Tres días exactos. No por precisión médica, que no existió. El cuerpo permaneció colgado casi cuatro semanas. Nadie explicó nada. El sol hizo su parte. Los pájaros también. El olor se volvió tema insoportable. El Frente entendió que un cuerpo pudriéndose en espacio público no ordenaba nada. No educaba. No aterraba con claridad. Convertía el miedo en asco, y el asco en rabia. Eso no convenía.
Ron llegó al taller casi al final de la tarde. No avisó. El portón estaba a medio abrir y el ruido del metal contra metal salía como un pulso constante. El mecánico trabajaba en otro carro destartalado e imposible de reparar.
—Cerrá eso —dijo—. Hoy no es buen día pa que entre cualquiera.
Ron empujó el portón y lo aseguró. El golpe seco dejó el taller en falsa calma.
El mecánico siguió trabajando unos segundos más, como si midiera el silencio. Luego levantó la cabeza.
—Venís solo —dijo—. Se te está haciendo costumbre.
Ron se apoyó en una mesa llena de piezas.
El mecánico lo observó detenidamente. Se limpió las manos con un trapo, sin apuro.
—¿Por qué venís hoy al taller, Ron?
—¿Será que puedo confiar en vos? le contesto RON, visiblemente agitado.
El mecánico no respondió de inmediato. Caminó hasta el banco de trabajo y dejó una herramienta en su sitio.
—Hace rato quería preguntarte algo, Ron… ¿vos decidís presupuestos? —preguntó muy serio el mecánico—
—Sí.
—¿Escogés proveedores?
—También.
El mecánico asintió apenas.
—¿Y hablás directo con los que mandan?
Ron sonrió.
—No vine a contarte el organigrama.
El mecánico lo miró fijamente.
—Te pregunto porque no quiero perder el tiempo con vos. Volver al gobierno como mecánico me interesa.
Ron soltó una risa breve.
—Volver al gobierno como mecánico no es una buena idea. Ahí te vas a morir de hambre.
El mecánico esperó.
—Entonces decime qué carajo querés, Ron. Porque para ayudarme, no lo creo.
Ron tardó un segundo más de lo necesario.
—No nos conviene que duren tanto.
El mecánico estaba confundido.
—¿Quiénes?
Ron respiró hondo.
—Los que están colgando.
El mecánico lo miró en silencio. No preguntó más.
—No sirve —continuó Ron—. El mensaje se diluye. Se pudre. No asusta. Genera otra cosa.
El mecánico se apartó de la mesa y se sentó.
—¿Cómo los están sujetando?
—Con cuerdas.
El mecánico negó con la cabeza.
—Eso es improvisación —dijo—. No es método.
Ron no discutió.
—Necesito que mueran rápido. Que el impacto sea inmediato y la exposición corta. Que se entienda sin dejar restos. —agregó Ron.
El mecánico se levantó. Caminó hasta una estantería y bajó una barra de acero sin trabajar. La apoyó sobre la mesa.
—Con cuerdas no se puede. Y con clavos comunes tampoco.
Ron levantó la vista.
—¿Clavos?
El mecánico tomó una tiza y empezó a dibujar sobre la mesa, sin mirar a Ron.
—Doce pulgadas. Acero templado. Punta hueca. No para desgarrar. Para entrar limpio.
Marcó un punto en el centro del dibujo.
—Acá va el depósito.
Ron preguntó, extrañado: —¿Depósito de qué?
—Veneno, huevón. Un cóctel. Cada mazazo libera la sustancia —continuó—. Para cuando el clavo atraviesa y se asegura atrás, el cuerpo ya está apagándose.
—¿Tiempo? —preguntó Ron.
—Minutos —respondió—. Los justos. Nada de gritos largos. Nada de escenas que se salgan de control.
El mecánico dibujó la parte trasera de la cruz.
—Atrás se martilla y se dobla. Se forma un grillete. El cuerpo queda fijo. No cuelga. No se desliza.
Ron observó el esquema.
—¿Y el dolor?
—El necesario —dijo el mecánico—. Después, nada.
Borró la tiza con la palma de la mano.
—Yo estaría dispuesto a colaborarte con estos clavos mágicos —añadió—, eso sí, que sea por concesión. Onerosa. Sin competencia. A mi conveniencia.
Ron lo miró.
—¿Qué tan caro?
El mecánico no dudó.
—Muy caro.
Un silencio largo recorrió el desordenado espacio. El taller volvió a sonar: una gota cayendo, un metal enfriándose.
—¿Cuánto tardás en escalarlo a ciento cincuenta mil clavos mágicos?
—Una semana —dijo el mecánico—. Primer lote.
Ron asintió una sola vez.
—Hacelo.
Las ejecuciones siguientes no se anunciaron. Ocurrieron. Varias. La cruz seguía siendo la misma. El método cambió. Los clavos del mecánico hicieron su trabajo. Minutos. No horas. El cuerpo dejaba de luchar casi de inmediato. El espectáculo se volvía breve. Eficiente.
Los crucificados quedaban expuestos tres días. Exactos. Ni uno más. Antes de que el aire empezara a volverse pesado. Antes de que el miedo se mezclara con náusea. Al cuarto día, los retiraban.
La gente del Frente recogía los cuerpos sin ceremonia. Camiones cerrados. Rutas cortas. Nada quedaba a la vista. Nadie sabía dónde desechaban los restos. Debajo de la cruz empezó a aparecer algo nuevo. Placas. Como en un paseo de la fama, incrustadas en el suelo. No fotos del cuerpo colgado. Nada de imágenes del final. Fotografías de cédula. Rostros neutros. Fondo blanco. Miradas comunes. Debajo, una breve descripción: Nombre. Edad. Delito: “Desinformación.” “Insurgencia discursiva.” “Negativa a alinearse.” “Obstaculización del proceso.”
La gente leía en silencio. Caminaba más despacio. Bajaba la voz sin darse cuenta. El método ya no necesitaba repetirse en detalle. Bastaba con mirar el suelo. Ron pasó una vez por ahí, sin detenerse. Observó las placas de reojo. El Frente de Liderazgo Ancestral seguía funcionando. Con menos ruido.