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Casa antigua de piedra con jardin frontal y ventanales amplios, asociada a un recuerdo de infancia y a una tarde que marco un quiebre emocional

La tarde en que la alegría se volvió miedo (1966)

El niño venía caminando con el corazón encendido. Tenía cinco años, una edad en la que la vida cabe completa en una tarde de juegos. Avanzaba feliz, radiante, casi brincando. En la cabeza traía mil cosas para contar: la casota enorme, los ventanales brillando como espejos al sol, los cuadros del abuelito español —médico y farmacéutico, también pintor—, la merienda, las risas y, sobre todo, el descubrimiento más grande de todos: un amigo.

Pan francés servido con mantequilla sobre un plato blanco.

LA SEÑORA KOROLENKO

La lluvia golpea con furia el techo, pero la señora Korolenko huele a calma: rocía perfume al aire y se deja envolver por su propia ilusión.

Hombre mayor con sombrero bebiendo de una botella de licor, retrato en blanco y negro.

Análisis unidimensional-multifactorial de la cerveza perfecta

por Bernardo Soto

A veces las unidades de una dimensión dejan de ser importantes. No me da pena aceptarlo siendo ingeniero con un par de maestrías: antes de llegar a esta conclusión tuvieron que pasar 40 años de investigación y ensayos clínicos (en los que he sido conejillo de indias por voluntad propia, movido por el mero interés científico).

Acerca de las causas perdidas

Acerca de las causas perdidas o, mejor dicho, empresas absurdas.
Una vez acabada la escucha del episodio «podcastiano» que inmortaliza la tertulia en torno a los distintos ímpetus, fines y pertinencias que supondría desentrañar, recabar, auscultar y, a modo de desembocadura, editar —ojalá para la posteridad— la obra «Povediana», el último sorbo de café