En su lugar, lo que «Chuz» ha comprendido es que el catalizador que le permitirá urdir su plan es la creación de una sensación de sed incesante y presentarse, de primero, con medio vaso de agua. El truco está en embelesar al sediento con el faltante dentro del vaso. La convicción de su ética, entonces, comporta una discursividad de argumento ad hominem: se funda en las opiniones o actos de la misma persona a quien se dirige — el sediento — para combatirla o tratar de convencerla, de manera, eso sí, responsable. Ahora bien, acá responsabilidad no debe entenderse en su definición altruista; pero tampoco debe malinterpretarse como egoísta. La «ética de la responsabilidad» de «Chuz» es, ante todo, utilitarista: la eficacia es el principio rector de su moral y actuar. Es lo que, en una palabra, apuntala su «ética de convicción».
Todo esto ocurre, a mi entender, porque «Chuz» posee una cualidad sui géneris: puede silenciar la cacofonía del ejercicio político. Una vez tornada la cacofonía en eufonía, las piezas del rompecabezas encuentran, casi que por defecto, su sitio y la «Gesamtkunstwerk» ve la luz del día. A diferencia y semejanza de lo que sostenía don Max Weber en aquel turbulento ambiente muniqués de entre guerras, la lección de fondo que encarna el personaje de «Chuz» no pasa, ni necesaria ni exclusivamente, por señalar y condenar a demagogos, teólogos (quienes ahora revelan con mayor explicitación sus imbricaciones con el aparato político democrático electoral) y hasta revolucionarios, sino por reconocer sus debilidades y asestar el golpe de gracia en el momento y modo justo y adecuado.
En otras palabras, es una invitación a reconocer que, en tiempos de crisis, hay quienes lloran, hay quienes andan recogiendo lágrimas en vasos de papel y hay
quienes venden pañuelos.
Epílogo. ¿Quién o qué es un autor? Breves apuntes sobre la textualidad, estampa y grafismo.
En una relativamente breve reflexión en torno a la relación entre autor y texto, Michel Foucault, inquieto y prolífico filósofo francés, plantea la apertura de su interés señalando como, en relación con el texto, el autor comporta una «figura» que antecede a y está ubicada fuera de su texto. También, cuestiona los límites que delinean la finitud de un producto textual: ¿es exclusivamente la iteración «oficialmente» publicada o se debe considerar pruebas de lectura, borradores incluyendo notas al margen, etc.? Un paso más allá, Foucault, sostiene que «la escritura se identifica con su propia exterioridad desplegada. Esto significa que es una interacción de signos dispuestos menos según su contenido significado que según la naturaleza misma del significante».
De ahí, entonces, que el ejercicio de escritura del cual se desprende el texto —o, incluso, su textualidad cristalizada— «se despliega como un juego (jeu) que invariablemente trasciende sus propias reglas y transgrede sus límites».
Sin querer sonar purista o algo que se le parezca, al ir digiriendo los «significantes
textualizados» que Valdo lúdicamente ordena para articular lo que sus pensamientos procesaban, una de las transgresiones a las reglas y límites que salta a la vista es el material gráfico de apoyo. Admitiendo de antemano que se trata, en última instancia hasta de un asunto de gusto, me resultó que el empleo de este recurso pasa más por «estampa» que por «grafismo». Mientras que la estampa alude a una reproducción de un dibujo, pintura o fotografía con fines ilustrativos, el grafismo, según su segunda acepción del DRAE, es «expresividad gráfica en lo que se dice o en cómo se dice».
Por consiguiente, más que complementariedad, las imágenes intercaladas al texto terminan por disminuir, un tanto, el ímpetu de su prosa. Pero bueno, todo acto experimental es válido y ofrece aperturas a territorios insospechados.
Además, no hay constatación que no venga precedida por una prueba. Se trata, entonces, de atreverse a probar. Si bien el lenguaje gráfico, dado el sesgo que marca mi deformación profesional, siempre tendrá una preeminencia y mi predilección, dado que soy ferviente creyente que un texto no es exclusivamente lo que yace sobre un soporte de papel o pixeles, y la escritura el acto inmediatamente anterior articulado por tinta, grafito o un teclado, doy absoluta cabida al recurso del lenguaje gráfico, pero más como grafismo que como estampa. Idealmente, la textualidad y grafismo de la escritura se hilvanan reconociendo, como lo apunta don Michel en su ponderación sobre autor y texto, que «lo importante no es manifestar o exaltar el acto de escribir, ni fijar un sujeto dentro del lenguaje; se trata más bien de crear un espacio en el que el sujeto escribidor desaparece constantemente»**.
En dicho acto de desaparición doy todo el crédito a Valdo, su presencia me resultó lo justamente exigua para que su texto me permitiera elucidar la ética tortuguista que, se supone, ocupa ese espacio en el que yo, como Valdo, también desaparezco.
Berlín, 9 de diciembre del 2025.