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STREETWISE (1984)

por Valdo J.

A principios de los años noventa, siendo todavía un carajillo, encontré por accidente un documental en el canal 38 del UHF. No sabía cómo se llamaba, no tenía idea de quién lo había hecho, ni mucho menos dónde quedaba ese lugar que después entendería como el noroeste de los Establos Unidos.

Lo primero que escuché fueron unos silbidos sobre los créditos iniciales. Luego vino la imagen: un muchacho, más o menos de mi edad (en aquel momento), mirando fijamente a la cámara desde lo alto de un puente. Sin decir nada, dio un paso al vacío y se lanzó al río desde una altura que, aquella noche, me pareció absurda.

No cambié el canal. No podía.

No entendía qué estaba viendo. No sabía si eso era una película, un reportaje o algo completamente distinto. Tampoco tenía referencias para ubicarlo: ni los nombres, ni el lugar, ni las reglas de ese mundo.

Lo único claro era la sensación. Había algo incómodo en esas imágenes, algo que no se parecía en nada a lo que solía ver en televisión. No había música guiando la emoción ni una voz explicando lo que estaba pasando. Solo situaciones que parecían ir  ocurriendo de la mano de sus protagonistas, sin importar quién estuviera mirando o qué pudiera pensar..

Ese desorden aparente me atrapó. No porque lo entendiera, sino precisamente porque no lo hacía.

En esos años pasaba más tiempo en la calle que dentro de la casa. Jugábamos fútbol con cuatro piedras haciendo de porterías y, cuando se acababa el partido, nos metíamos en un cafetal cercano que hoy ya no existe. Ahí encontrábamos lo que hubiera quedado tirado: madera vieja, llantas, pedazos de metal, cualquier cosa que sirviera para inventarnos algo.

En una ocasión, dos buses escolares abandonados se convirtieron en nuestro proyecto de una tarde entera. Recogimos hojas secas en bolsas de basura, arrastramos llantas, apilamos todo dentro de esas carrocerías vacías y prendimos fuego sin medir nada. El humo se levantó en columnas negras que se veían desde lejos. Llegaron los bomberos. Para nosotros era un juego.

Años después, viendo Streetwise con más atención, entendí que esa relación con los espacios abandonados no era exclusiva. Hay una escena en la que Rat y otros muchachos recorren un hotel en ruinas, desarmándolo poco a poco para rescatar lo que todavía sirve: camas, sillas, cualquier cosa que les permitiera acondicionar un lugar donde pasar la noche, donde vivir alejados de sus casas.

La diferencia era brutal. Nosotros entrábamos a esos espacios con la certeza de que, al final del día, había una casa esperándonos. Ellos no. Lo que para nosotros era un juego sin consecuencias, para ellos era una forma de sostenerse.

En el documental hay momentos en los que la calle se interrumpe y aparece la casa. Tiny, una de las protagonistas, vuelve por un tiempo con su madre. La relación no es cercana, tampoco estable, pero hay algo que las mantiene unidas y no es armonía.

De niño y adolescente compartiendo tiempo y vida con mi abuela, a quien adoraba. Una mujer difícil, cargada de conflictos que nunca resolvió del todo. No hacía falta entenderlos para sentirlos. Estaban ahí, en la forma en que hablaba, en sus cambios de humor, en la tensión que podía llenar una habitación entera.

Aun así, siempre había un espacio de calma. Éramos un desorden constante, entrábamos y salíamos, le dábamos pelea a cada rato. Y, aun con todas sus luchas y las nuestras, encontrabamos la manera de querernos, ya fuera preparando café o poniendo algo en la mesa para comer, sosteniendo ese pequeño orden dentro del caos.

Fue con el tiempo que entendí que ese tipo de vínculo no necesita explicación. Tampoco se puede reducir a una etiqueta. Como en Streetwise, el afecto y el conflicto no se cancelan, conviven.

Lo que más me impactó, no fue lo que mostraba el documental, sino la forma en que lo hacía. No hay una voz que explique lo que está pasando ni una estructura evidente que ordene la historia. Las escenas se sostienen por sí solas: conversaciones, recorridos, silencios, momentos que parecen ocurrir sin intervención visible.

La cámara no empuja una conclusión. Se mantiene lo suficientemente cerca como para registrar lo que sucede, y lo suficientemente contenida como para no imponer una lectura única. Eso solo es posible cuando hay confianza. No se trata de llegar, grabar y salir. Hay una relación previa, un acceso que no se obtiene de forma inmediata.

En Streetwise, esa cercanía permite que los personajes se muestren sin filtros. No están actuando para la cámara ni respondiendo a un discurso armado. Están viviendo, con todo lo que eso implica.

Con el tiempo, entendí que ese tipo de registro no es casual. Detrás está la mirada de Mary Ellen Mark, una fotógrafa que ya había trabajado durante décadas observando a personas en situaciones límite, y que trasladó esa forma de mirar al documental. No para explicar a los personajes, sino para estar frente a ellos el tiempo suficiente como para que algo real ocurra.

Foto: Mary Ellen Mark, Documental STREETWISE (1984)

Una de las cosas que más me marcó del documental fue darme cuenta de algo que, en ese momento, no lograba procesar del todo: había carajillos como yo que preferían estar en la calle antes que volver a la casa.

No era una travesura ni una escapada de uno o dos días. Era una decisión sostenida. Volver implicaba enfrentarse a un entorno más hostil y duro que la propia calle.

Yo también había fantaseado, luego de alguna rabieta o pelea con mis padres, más de una vez, en irme de la casa. Como cualquier carajillo. Soñar despierto con desaparecer unos días, probar suerte afuera. Nunca lo hice. No tenía el valor, ni la necesidad real.

Ver Streetwise puso esa idea en otro lugar. No era un juego. No era una aventura. Era una forma de vida que se construía desde la falta de opciones, la desesperación.

Con los años volví a encontrarme con STREETWISE Ya no por accidente, sino buscándolo. Esta vez con otras herramientas, con otra mirada.

Fue entonces cuando logre procesar quién estaba detrás de esas imágenes. Mary Ellen Mark no era un nombre más: su trabajo como fotógrafa documental ya había construido una forma de mirar que luego trasladó al cine. Las imágenes que me habían impactado de chiquillo no eran producto del azar. Había una intención, una disciplina, una manera de acercarse a las personas sin invadirlas y sin reducirlas.

Me sorprendió descubrir el alcance que había tenido el documental. Libros, publicaciones, seguimiento a la vida de varios de sus protagonistas, material que extendía ese universo más allá de la película. Streetwise no se había quedado en el momento en que fue filmado. Había dejado una huella.

En la universidad, durante el proceso de mi tesis, lo tomé como referencia. Me llamó la atención que muchos compañeros, que hablaban con soltura sobre cine, no lo conocieran. No lo vi como una forma de marcar diferencia, sino como una señal de lo fácil que es moverse dentro de un circuito limitado sin cuestionarlo demasiado.

Hoy sigo pensando en ese documental. No como una pieza lejana o de culto en el sentido superficial de la palabra, sino como un recordatorio de lo que puede hacer el cine cuando se acerca a la realidad con tiempo, con respeto y con criterio.

El documental, entendido como un género cinematográfico en toda su dimensión, tiene esa capacidad: no solo registrar, sino sostener una mirada el tiempo suficiente como para que algo verdadero aparezca.

No hace falta entenderlo todo de inmediato. A veces basta con quedarse mirando.


📚 ARCHIVO

  • Sitio oficial
    https://www.maryellenmark.com
    Archivo completo de su obra fotográfica, incluyendo proyectos documentales, trabajo en cine y publicaciones.

  • https://hollywoodauthentic.com/mary-ellen-mark/
    Artículo que revisa la trayectoria de Mary Ellen Mark como fotógrafa documental y fotógrafa de producciones cinematográficas, destacando su sensibilidad para capturar la esencia de sus sujetos.

Exposición y archivo institucional

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