El silencio de este lado
En esta lista no hay ni una película centroamericana, y no es por omisión: en los setenta, Centroamérica no filmó terror. La región se estaba matando. Guatemala llevaba más de una década de guerra interna, Nicaragua iba camino a la insurrección de 1979 y El Salvador entraba en la suya.
Cuando hay que tomar partido para sobrevivir, el arte también toma partido. La cámara que hubo se fue al documental militante y a la denuncia, no al monstruo. Y quien quisiera filmar sin ponerse de un lado lo tenía casi imposible.
Pero la guerra no lo explica todo. España hizo terror a destajo bajo Franco, y precisamente el género le servía para decir de lado lo que no se podía decir de frente. Lo que faltó aquí fue industria: laboratorios, distribuidoras, productores dispuestos a apostar por la serie B. El terror que se veía en nuestras salas llegaba de México, de Italia y de Hollywood.
Costa Rica, otro caso
Aquí no hubo guerra, así que el vacío tiene otra explicación. En 1973 el Estado fundó el Departamento de Cine del Ministerio de Cultura, que en una década produjo más de setenta y cinco documentales, muchos con una mirada crítica sobre el país. Era cine de denuncia en 16 mm, no cine de género.
La primera ficción tica que roza lo sobrenatural, La Segua (Antonio Yglesias, 1984), llega tarde y llega del teatro: adapta la obra de Alberto Cañas, y se nota. Es la excepción que confirma el vacío.
Argentina: el lobo antes del golpe
Nazareno Cruz y el lobo se estrenó en junio de 1975 y llenó las salas como ninguna otra película argentina. Menos de un año después llegó el golpe militar. Durante la dictadura (1976–1983), el terror argentino casi desaparece: muchos directores se exiliaron o dejaron el género, y los que siguieron se refugiaron en la alegoría.
Es la misma lógica que en Centroamérica, pero documentada. Donde la violencia era real y cotidiana, el miedo de ficción se volvió un lujo o un riesgo.
Lo que vino después
Y sin embargo el material estaba ahí. Una región con desaparecidos, aldeas arrasadas y leyendas como la Segua, la Llorona o el Cadejos tenía todo para un terror propio, en cine y en series. Hizo falta casi medio siglo: La Llorona (Jayro Bustamante, 2019) contó el genocidio guatemalteco como una historia de fantasmas.
Lo que en los setenta era imposible filmar, cuarenta años después se volvió la mejor forma de contarlo. La pregunta que nos queda es quién va a filmar el nuestro.