El crimen ferpecto
El final de El Crimen Ferpecto no es épico ni liberador. Rafael no gana nada: queda atrapado en la grisura, convertido en un prisionero más del disparate. Lourdes, en cambio, triunfa. Pero su victoria es grotesca, una caricatura de éxito confirmando que, en un mundo frívolo, la estupidez bien vestida puede imponerse como verdad.
Aquí la pregunta que nos toca: ¿quién ganó en este otro crimen ferpecto que hemos vivido? ¿Ganaron ellos, que lograron que millones se vacunaran a ciegas, sin importar efectos secundarios ni estudios, siguiendo la voz del rebaño? ¿O ganamos nosotros, los que decidimos no hacerlo y encontramos maneras de burlar sus retenes? Lo cierto es que tampoco hay victoria en la resistencia: los perversos movieron muchas piezas para impulsar un solo movimiento, el tablero entero quedó contaminado. Dieron voz y voto a los nuevos Lourdes del mundo, así, un día amanecimos con 300 géneros, humanos transespecie, profesores expulsados de sus trabajos por cuestionar maullidos y ladridos en las aulas. La parodia se volvió política oficial.
El mayor enemigo de este planeta no es el CO₂ ni las vacas: es el ser humano. Lo más irónico, al tiempo que nos entretienen con profetas de chequera y falsos gurús de laboratorio, la naturaleza sigue ofreciendo respuestas que nadie quiere escuchar. El sol que busca mi perro en las primeras horas de la mañana al estirarse en el corredor, la sabiduría de un girasol que sigue a ese mismo sol, ahora tan demonizado, que no negocia con Davos, la selva que aún resiste aunque quieran verla arder eternamente, en fin…
La pregunta final queda abierta, si tomamos el ejemplo de la película: ¿quién cometió el verdadero crimen ferpecto, ellos con sus trampas, o todos nosotros al permitir este teatro?
Dr. Lazer – Entre látigos y butacas, lo mío es anatomía del alma.