El ensayo general de una presidencia
Más que reimaginar un clásico, La Guilita de Mar es un Frankenstein literario armado con la esperanza de que la atracción macabra hiciera lo que el pedigrí no pudo. Una adolescente de quince años por aquí, un narco-príncipe por allá, una curandera que envía menores a clínicas estéticas, y un final que pretende ser metáfora —”como espuma en el mar”— sin lograrlo. El relato apuesta por la pirotecnia narrativa en lugar del oficio, confiando en que el escándalo superficial baste para disimular la ausencia de verdad debajo. La revista SOHO, que lo publicó, no necesitaba más curaduría que agitar la bandera de lo “atrevido” y lo “transgresor” para darle luz verde: en ese ecosistema, el gesto cuenta más que el resultado.
Lo realmente incómodo no es la cosificación de la protagonista, ni la violencia simbólica que los progresistas suelen señalar con dedo acusador antes de aplaudir exactamente lo mismo si viene aprobado por alguien de su bando. Lo incómodo es la contradicción.
Un hombre que escribe sobre pobreza costera, sobre esteros y pianguas, sobre miseria pintoresca, sobre abandono y malas juntas; encabezó durante cuatro años un gobierno bajo el cual la pobreza por ingreso llegó al 26,2% en 2020 —el nivel más alto desde 1992—, y cerró su mandato con un promedio que superó al de todos los gobiernos anteriores de la última década, según datos del INEC.
Un magistrado que llegó al cargo más prestigioso en el Ministerio Público bajo administraciones del PAC terminó extraditado a Estados Unidos por narcotráfico. Durante los 8 años de gobierno: PAC. Costa Rica se convirtió en el mayor exportador de cocaína en el mundo. Los peores casos de corrupción institucional en la historia reciente del país ocurrieron en esos noventa y seis meses de gobierno del PAC; los grandes evasores siguieron operando sin que nadie los tocara; y cuando llegó la pandemia, funcionarios del mismo gobierno crearon empresas para comprar mascarillas por cuatro millones de dólares a una chatarrera —mascarillas que nunca se entregaron. Eso es lo que quedó. No los tweets elegantes, no las columnas de Sciences Po, no sus cuentos ni mucho menos sus libros: eso.
El ex presidente Alvarado, toma barro ajeno y trata de crear relatos fantásticos. Lo cual, si viniera acompañado de veracidad, estudio, TRABAJO, respeto o escucha genuina, podría al menos discutirse. Aquí no hay nada de eso: nada mas un remolino de frases huecas, personajes sin alma y una conclusión que pretende ser poesía y no llega ni a espuma. Los grandes clásicos no necesitan prótesis, ni remakes con moraleja, ni adornos de feria. Se leen, se disfrutan y se dejan queditos.
Carlos Alvarado Quesada no fue solo un mal presidente: fue un presidente sin proyecto y sin autocrítica, y eso se refleja con la misma claridad en su escritura. La Guilita de Mar es una mirilla desveladora. Nos muestra como, este personaje arma su mundo —siempre desde el adorno, desde la asepsia con la realidad más dura, desde una sensibilidad inauténtica que quiere tocar lo popular sin embarrialarse las botas. En sus textos, como en su gobierno, todo fue fingido. Faltó estructura, planeamiento, empatía real y, sobre todo, CONSECUENCIAS. Es muy fácil hablar de derechos humanos y al mismo tiempo recetar garrote, barricadas y gas. Posar de humanista impulsando leyes que solo sirven para joder al que ya, de por sí, nació jodidísimo. Declararse escritor cuando el texto más leído que ha publicado es una caricatura de serie dramática disfrazada de crítica social, desarrollada sobre uno de los grandes clásicos de la literatura universal.
Carlos Alvarado gobernó como escribe: con frases rimbombantes, sin fondo, convencido de que el peso de su prosa bastaba para administrar un país. Costa Rica no se sostiene con trinos”profundos” ni con cuentos reciclados, tampoco con fotografías corriendo por San Pedro o llegando en bicicleta en traje entero al búnker de Cuesta de Moras. Se sostiene con hospitales que funcionen, aceras que no quiebren tobillos, escuelas sin goteras, con respeto y trabajo para los que viven abajo, pulseandola, no en cumbres reunido con los titiriteros. Si la literatura tiene un deber, es el de decir las cosas como son. O al menos, no seguir repitiendo lo que quieren oír quienes ya se creen dueños de la historia —en especial una historia buena que solo existió para ellos.
Al final La Guilita de Mar no fue solo un extraño experimento. Fue el ensayo general de su presidencia: un pequeño agujero por el que se asomó, por un instante, la verdadera naturaleza del ex presidente. Un hombre capaz de doblar la realidad como se dobla el papel: con precisión milimétrica, para que desde lejos parezca algo sólido, algo que ocupa espacio, algo que existe. De cerca, solo dobleces. Capaz de dar esperanza un viernes y destruirla el martes. Capaz de ver el sufrimiento ajeno como material para sus cuentos. La Guilita de Mar, al igual que Costa Rica entre 2018 y 2022, se quedó esperando un milagro que nunca llegó. Y cuando la puerta se cerró de golpe, solo quedó la reverberación de una sensibilidad que nunca fue más que un ornamento.