por Valdo J.
Cuando nadie comparte: crítica a una escena que no escucha (y a nosotros también)
Este no es un lamento ni un reclamo a ciegas. Es una crítica. Necesaria. Incómoda. Porque si queremos entender por qué ciertos proyectos mueren sin eco, tenemos que mirar de frente, aunque duela.
Hace unos años trabajamos intensamente en un documental: Interludio Voces Urbanas. Fue un esfuerzo sincero. Contó con el sello Esencial Costa Rica, el respaldo de la Municipalidad de San José y se grabó en La Botica Solera, edificio declarado patrimonio nacional. Todo sonaba bien. Pero no pasó nada.
El video no ha llegado ni a 500 vistas. Ni siquiera quienes participaron en él como protagonistas lo compartieron. Y esto no es una queja de vanidad ni de cifras. Es una observación cultural: cuando ni los que aparecen en cámara se interesan por difundir el trabajo, algo está muy mal.
Más de veinte personas participaron en el documental —y no hablo del equipo técnico, hablo de quienes aparecen en escena, dando testimonio. Estuvimos un día entero grabando en La Botica Solera, edificio patrimonial que no se le presta a cualquiera. Y cuando el trabajo estuvo listo, logramos gestionar una función gratuita en el auditorio de la Universidad Veritas. Esa tarde, solo estuvimos presentes Gustavo González y yo.
Durante días compartimos con regularidad la fecha y hora de la proyección. Pero los protagonistas… en otro planeta. Ni una reacción, ni una mínima intención de convocar. El silencio fue absoluto. Una sensación de impotencia difícil de tragar, pero profundamente reveladora: sobre la escena, sobre el país, y sobre el tipo de contenido que la gente sigue consumiendo —con entusiasmo— en Costa Rica. El nuestro, por supuesto, no entra en ese menú.