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ESTUDIOS QUELONIOS (cuento)

por Valdo J.

Cadena Nacional. Ocho de la noche.

El set principal de Canal Ele —con columnas de cartón piedra al estilo neoclásico y pantallas LED que simulan llamas patrióticas— exhibe un banner: Futuro Previsional – Costa Rica Primero.
El presidente PePillo emerge en escena, bañado en luz blanca, como un redentor virtual. Cámaras giran. Drones zumban. Una orquesta sinfónica, de conservatorio estatal, acompaña en sordina.
El Presidente ensaya sus inflexiones frente a un monitor, dramatizando como actor de telenovela.

—Querido pueblo costarricense —declama, con pausa estudiada. Pero su sonrisa se quiebra un instante.

En su mente, algo interrumpe el ritmo: no es el dron. Es una risa. Conocida. No viene de afuera, sino de adentro.
En el monitor aparece un niño con banda presidencial tricolor y una corona de cumpleaños —blanco, azul y roja—, rodeado de peluches vestidos con trajes enteros. ¿Sus ministros, quizás?
La risa crece. No es la  de algun adversario. Es la suya. De cuando aún creía que bastaba con llevar el apellido.

—Prín-ci-pi-to, pen-de-jo —escupe el teleprompter, distorsionando la voz como una máquina vengativa.

PePillo cierra los ojos un segundo. Sacude la cabeza. Cuando los abre, las cámaras siguen girando. El decorado sigue ardiendo.
Algo —más íntimo que el nervio— ha temblado dentro de él.

Detrás del presidente, dos figuras tiemblan. Una es Vladimir, historiador jubilado de la Universidad de Costa Rica, cuyas cejas —tupidas como arbustos indisciplinados— peina hacia atrás para disimular la calva.

La otra, Chavelita: exdirectora de una institución autónoma, con rostro de sapo que parece arrepentido y una quijada que actúa por cuenta propia. Ambos visten trajes de lino gris: uniformes no declarados del nuevo martirologio institucional. Son marido y mujer.

Hombre anciano con cejas exageradamente largas mirando serio a cámara.
Vladimir de la Cruz

—Ellos —anuncia PePillo, ahora con tono de fiscal iluminado—, estos dos bribones, han aceptado sacrificar sus pensiones de lujo. No solo eso: pasarán un año en prisión, como gesto de justicia restaurativa para el alma nacional.

Son los primeros —agrega, al mismo tiempo que una pantalla muestra imágenes cuidadosamente editadas del allanamiento en sus residencias semanas atrás—. No serán los últimos.

Ambos lloran con una dignidad ensayada en otro tiempo. Antes del escarnio. Antes del guion. Su matrimonio era un cuento de hadas ministerial.

Chavelita ajusta su bufanda con rabia contenida.

—Nos dijo que era solo un show —masculla, casi sin voz.
—Se quedó con todo —susurra Vladimir, mirando el plasma como quien despide una república.

PePillo hace una seña. Alguien, tras bambalinas, recibe la orden. Entra un hombre uniformado —parte de una fuerza especial disfrazada de ceremonia— con una maleta. La abre: adentro, un fajo de documentos. Vladimir toma uno y lo guarda, casi sin pensar, en el bolsillo interior del saco. No es nostalgia. No es afecto. Es el último gesto de una dignidad que aún resiste la extinción.

Las autoridades judiciales les decomisaron carros, escrituras, dos relojes suizos, un televisor plasma de 85 pulgadas… y hasta el carnet vitalicio del Club Unión. Trofeos de una casta venida a menos, símbolos de un privilegio que ahora se recicla como sacrificio público.

Vladimir intenta decir algo:

—Lo hago por la patria…

Un micrófono se cae. La señal vacila. Corte abrupto.

Mujer anciana con expresión dura, cejas maquilladas y labios pintados de rojo.
Chavelita, esposa de Vladimir

Corte abrupto. En pantalla aparece PePillo. Ojos entrecerrados. Puño en el pecho. Cabeza gacha en falso recogimiento. Se escucha el susurro:

—Viva Costa Rica por la gran puta —dice, apenas audible, mientras fuerza los párpados para abrirse paso entre la iluminación. Alza la cabeza un poco más, cuidando que la cámara lo siga.

Detrás, en las pantallas LED, las llamas digitales del decorado titilan por un segundo. Casi se apagan. Entonces, el corte final. La bandera de Costa Rica ondea en cámara lenta, perfecta, limpia. Un coro de niños canta una versión dulzona del himno nacional, como si el país fuera una república de juguete a punto de dormir.

La imagen entra en un difuminado que parece eterno. Un trance visual, como si el país entero flotara suspendido entre promesas. Al volver, PePillo reaparece. Más suelto. La mirada afilada como navaja de barbería.


—Y como presidente del pueblo, abro desde hoy las puertas de Casa Presidencial a toda propuesta ciudadana que busque erradicar este robo indignante al erario público. Hoy sanaremos el alma nacional, como quien salva a la CCSS de un colapso. El pueblo tiene la palabra.


No espera respuesta. Ni la desea. No cree que nadie llegará. El set comienza a desarmarse: luces que se apagan, banderas que se pliegan como decorado escolar al cierre de un acto cívico obligatorio.


SODA EL REFUGIO. SAN PEDRO. 8:25 P.M.

Chus, flaco y quieto, está en su mesa de siempre. A su lado, la refrigeradora zumba como resignada a su existencia. Frente a él, un café frío, un pan sobado, y la mirada fija en la tele muda.

Don Martín lo observa desde la barra. Bigote blanco, manos con grietas de fritanga, voz baja como costumbre.


—Chus, ¿siempre con esa carpeta de cuero? ¿Qué guardás ahí? Parece un tesoro.

Chus sonríe sin volverse:

—Don Martín… esto es mi obra maestra. Tres años armándola. Es un sueño. Pero no uno cualquiera. Es un sueño con dientes. Solo falta… ejecutarla.


Don Martín enarca las cejas. Sirve café nuevo.

—¿Y la deuda con los Garroteros? ¿Ya la resolvió?


Chus niega con lentitud:

—La pagué tres veces. Pero según ellos… les debo la cuarta. Me tienen hostinado esos hijueputas chupasangres.


Don Martín deja el café en la mesa. En silencio. Con respeto.

Chus sorbe un poco. Luego toma el pan sobado, lo envuelve con precisión quirúrgica en una servilleta. Antes de guardarlo, marca con la uña una pequeña equis en el centro del papel. Ritual sin testigos. Mira la pantalla. La imagen de PePillo se disuelve entre barras de color.


—Ya casi —susurra. Y sale sin pagar.

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