J.C. iniciaba las mañanas con una calma que parecía heredada de siglos. Su casa quedaba en una loma discreta con vista a la ciudad, rodeada por cipreses altos que filtraban el ruido del tránsito. El desayuno llegaba siempre a la hora exacta: una porción pequeña de frutas, pan artesanal elaborado para él por un viejo panadero europeo —a quien mandó a traer desde Lübeck, Alemania, para tenerlo a mano en el condominio— y un café que se servía en vajilla fina. No había prisa en sus movimientos. Sostenía el periódico con la delicadeza con que otros sostienen un animal recién nacido, y recorría su columna semanal con un gesto de satisfacción, seguro de que su verbo elegante continuaba educando a lectores faltos de mundo. Vestía ropa carísima, incluso dentro de la casa. Jamás utilizaba una palabra fuera de lugar ni pronunciaba algo que pudiera quebrar la armonía de un entorno trazado para su conveniencia.
A un lado, sobre el mármol de la cocina, quedaban los reportes de ADI, la administradora de fondos que él mismo había impulsado con un grupo selecto de apellidos afines. Las cifras ya mostraban señales inquietantes, aunque a él no le inquietaban. Hablaba de pérdidas con la misma indiferencia con que otros comentan el clima: sin ansiedad, sin rubor, sin ningún tipo de culpa. Afirmaba que la volatilidad era parte natural del mercado y que quienes entendían de inversiones sabían tolerarla. Nada perturbaba su manera de vivir.
A varios kilómetros de distancia, en una oficina sin decoraciones innecesarias, Luz repasaba balances que se habían vuelto incomprensibles desde hacía semanas. Había heredado la cadena de supermercados de su padre y administraba la empresa con una disciplina que combinaba intuición comercial y responsabilidad hacia sus empleados. Nunca imaginó que parte del capital, incluido el patrimonio familiar, pudiera verse comprometido en una inversión que tantos expertos habían celebrado. Los contadores le explicaban que la liquidez había desaparecido dentro de ADI, que los informes llegaban con imprecisiones y que las llamadas de algunos funcionarios no ofrecían respuestas concretas. Luz escuchaba sin levantar la voz. Su rostro, sin maquillaje, tenía la expresión de quien observa un derrumbe en cámara lenta. Llevaba días sin dormir bien, insistía en presentarse puntual en la oficina y mantenía la compostura incluso cuando el desasosiego empezaba a rozarla por dentro.
En las montañas de Tarbaca, Diógenes avanzaba por el cafetal a paso firme, dando instrucciones a los peones entre bromas que a ellos jamás les parecían ofensivas. Era un patrón estricto, trabajador y presente. Los muchachos se sentían seguros con él, y muchos lo consideraban parte de la familia. Ese día regresó temprano a su casa, una construcción sencilla y acogedora donde el olor a leña aún formaba parte natural de la cocina. Su esposa lo esperaba con una carpeta en las manos, que le ofreció con la suavidad de quien intenta abrir una conversación que lleva días practicando.
—Mire, Diogenito… esta gente es seria —dijo ella, señalando los folletos de ADI—. Es bueno tener la platita trabajando, no solo en el cafetal. Esta administradora la maneja gente muy educada. Algunos han estado en política, otros trabajan en medios importantísimos, y el jefe de todo estudió afuera, en universidades de mucho prestigio. Es gente seria, seria de verdad. Esto es inversión moderna.
Diógenes tomó los papeles sin entusiasmo. No entendía del todo los cuadros, ni los términos, ni la estructura del negocio. Confiaba más en la tierra que en cualquier oficina con aire frío. Aun así confiaba más en su mujer. Ella había manejado los ahorros del hogar con sensatez y nunca lo había llevado por mal camino. Revisó la carpeta durante unos segundos y, entre el olor a café recalentado y la alegría de los perros moviendo la cola, firmó. Cerró la tapa con un gesto seco y asintió sin hablar. Su esposa sonrió aliviada y colocó el contrato sobre la mesa.
La tarde siguió su curso con naturalidad en la casa, con el viento pasando entre los árboles y las montañas.
La noticia sobre Luz se confirmó a media tarde, aunque los detalles circularon en voz baja durante todo el día. Se había quitado la vida en un cuarto pequeño de su hogar, un espacio lleno de archivadores, facturas y catálogos de proveedores que siempre mantenía en orden absoluto. No dejó notas. Su familia pidió privacidad.