Tenía once años y una condena de seis en la escuela Joaquín García Monge. Estaba cumpliendo el último año de la sentencia, sexto grado, la recta final antes de salir del presidio con diploma y foto grupal incluida.
Los muros olían a sudor seco y a desayuno con margarina. A las siete en punto sonaba el timbre, ese chillido metálico que, en lugar de marcar el inicio de clases, parecía decretar el encierro. En esos años todavía soñaba con romper una ventana y huir, aunque fuera con la excusa de buscar aire limpio.
Los gemelos Diego y Marco eran la joya del penitenciaría. Quince años, casi dieciséis, y aún en sexto grado. Dos clones con sonrisa de propaganda de cereal fortificado. Para nosotros, los de verdad pequeños, eran como una pareja de adultos infiltrados: más altos, más fuertes y con esa mirada de quien ya se sabe impune.
Los maestros los adoraban con fervor de secta. —¡Qué bárbaros! ¡Qué atletas! —decían, aplaudiendo como focas y riéndo como hienes. Yo los veía desfilar con sus uniformes impecables, zapatos o tenis siempre relucientes y ese aire de próceres de utilería. Cada salto, cada gol, cada trote por la cancha era una ceremonia patriótica. En los desfiles del quince de setiembre marchaban en la escolta, con las banderas más pesadas del país. Les daban viáticos, uniformes nuevos y privilegios en el comedor. Comían postre doble, mientras los demás aprendíamos la democracia desde la fila hacia el arroz frío.
El talento no tenía nada que ver. Era biología pura: piernas largas, cuerpos hechos para empujar a los más chicos, lo que les garantizaba el aplauso. En aquella pequeña república escolar, ellos eran los próceres y nosotros el pueblo sin himno.
Yo aprendí temprano que en la escuela, como en el país, el mérito era un rumor.
El recreo era el Congreso Nacional en versión infantil. Ahí se aprobaban leyes, se ejecutaban sentencias y se repartían los privilegios. Diego, por supuesto, era el presidente vitalicio; su hermano, el ministro de Defensa. El resto éramos oposición sin derecho a palabra.
Un día me pidió una revista que tenía en la contraportada una motocicleta bobber que me ENCANTABA. Prometió devolvérmela al día siguiente. Todavía la estoy esperando. Ese fue su primer decreto: mis cosas también le pertenecían. Aprendí rápido que en los momentos de tomar baños de sol en el recreo la propiedad privada era una fábula.
Después vino el episodio del suéter. El único que tenía, azul con las mangas un poco estiradas. Diego lo tomó con el mismo entusiasmo con que el que las ratas se comen un alimento que no es veneno. Caminó hacia la puerta del aula como quien desfila hacia el pulpito. La maestra fingía ordenar papeles, pero no perdió detalle. Diego se detuvo frente al basurero metálico, oxidado, un tótem del aula que olía a leche agria y papel mojado. Levantó el suéter, lo mostró al público y lo dejó caer dentro. Luego lo empujó con fuerza, disfrutando el sonido del estaño tragando tela, como si el basurero fuera una boca.
Las carcajadas no tardaron, primero en murmullos, luego en estallido. Algunos maestros testigos se mordían los labios para no reír; otros me miraban con esa sonrisa torpe que mezcla burla y lástima. ¿De verdad les parecía gracioso? ¿O le tenían miedo a un mocoso matón de casi dieciséis años?
En ese entonces todavía creía que la autoridad servía para algo. Hasta que apareció la maestra Caracol: cuello largo, moño apretado, mirada de juez con migraña. Decía que su deber era “formar ciudadanos ejemplares”. Lo cumplía seleccionando a sus favoritos y hundiendo al resto. Era capaz de detectar una falta disciplinaria desde tres aulas de distancia, eso sí, nunca veía a los gemelos pateando mochilas o empujando a los más chicos. Su autoridad olía a perfume empachoso y a represión.