Fue lo primero que pensé cuando terminó el colegio. Así, con todas las letras y el corazón a media asta. No lo grité ni lo deje escrito en ninguna libreta; solo lo pensé, y por dentro sonó como un trueno. Nunca había imaginado lo que venía después. No sabía qué quería estudiar, ni si era capaz de hacerlo. Tenía talento, sí, algunos profesores me lo habían dicho de forma tímida, bueno solo uno, casi como pidiendo disculpas. Pero en el barrio donde crecí, el talento no servía de mucho. Lo que servía era hablar golpeado, estar siempre listo para correr cuando los más grandes —que apenas sobresalían por dos años o quince centímetros— decidían ir por mi: para quebrame guevos en la cabeza, quitarme los pantalones, tirarme los zapatos al techo de cualquier casa y tener así la risa cómplice de los que decían llamarse adultos.
Por atención, por miedo, por hambre de pertenencia, hice cosas que no vale la pena listar. Cosas que no me hicieron feliz ni me ganaron el respeto de nadie. Me juzgaron primero, antes de escuchar me. Gritos en la casa, la calle, la escuela. Gritos para pedir comida, para prohibir, para imponer. Aprendí a responder igual: gritando. Y si no gritaba, al menos fingía estar listo para pelear.
De todos los salvajes con los que me tocó interactuar de niño —la gran mayoría admirados por la ignorancia de no conocer nada más—, nadie se acuerda. Ni siquiera un recuerdo son.
Con el tiempo entendí algo: el barrio, más que miedo me tenía envidia. No de la buena —de esa que empuja—, sino de la otra: la que aprieta los dientes y se esconde en forma de burla. Vivían anclados, con la mirada pegada a lo inmediato. Para ese barrio, el mundo terminaba en la última casa sin repello o en el alambre oxidado de una cerca. Su universo era del tamaño de cuatro cuadras mal iluminadas y un cafetal abandonado que cruzaban para llegar más rápido a montarse en algún bus “camino a San José”, siempre que no fueran las seis de la tarde. Cualquiera que se atreviera a mirar más allá se convertía en amenaza y recibía esa venenosa envidia de regalo.
Pero para un chiquillo como yo, que poco a poco se iba haciendo grande, incluso cuando no sabía bien para dónde iba, ya estaba caminando en otra dirección. Me efendía aunque supiera que iba a perder. Leía como si fuera pecado. Hacía preguntas que nadie quería escuchar. No cabía en ese lugar. El barrio no supo qué hacer conmigo, salvo intentar aplastarme. Ni la escuela primaria, ni el colegio lo consiguieron.
Al llegar a la universidad, todo empezó a cambiar. Podía pensar.
El campus Rodrigo Facio era otra cosa. Desde el primer viaje en bus supe que entraba en un mundo distinto. El vecindario del que provenía, con su ruido y su hedor, quedaba atrás. Una camisa sucia que por fin podía quitarme. El campus era fresco, lleno de árboles, con calles por las que todavía se podía caminar y perderse. La Universidad, con sus oasis y edificios bajos, se sentía como un parque silencioso que respiraba por todos. No era aquel barrio lleno de gritos rabiosos, miradas feas y envidias estúpidas. Nadie quería quitarme nada. Por primera vez, en mucho tiempo, no tuve que fingir estar listo para pelear.
Lo complicado no era lo académico, no era leer, ni escribir, ni siquiera pensar. Eso podía hacerlo. Lo difícil era lo otro: interactuar. Gente de todo el país, de diferentes crianzas. Hablaban con seguridad, usaban palabras que yo apenas empezaba a entender. No eran mejores personas, no. Solo venían de lugares donde pensar no era delito. Y yo, todavía sacudiéndome los restos de una crianza atiborrada de ignorancia, me sentía como alguien que aprendía a caminar de nuevo, intentando dar la impresión de que ya sabía correr.
Era duro, pero era el camino correcto.
Paso a paso, fui dejando atrás formas de pensar tan estúpidas que dolía haberlas llevado puestas tanto tiempo.
Después de una clase, una de esas mañanas frescas en que el campus parecía más un jardín que una universidad. No tenía prisa y ella tampoco. Se sentaron en la tarima nueva, recién puesta, que hacía de frontera entre los edificios de Antropología y Economía. La madera todavía olía a madera, y brillaba un poco cuando le daba el sol de mediodía.
Pocas personas realmente buenas encuentra uno en la vida, y ella era una de esas personas. No hablaba mucho en clase, pero ese día sí. Dijo que sentía que había llegado muy pronto a la universidad. Que no se sentía lista. Que tal vez hubiera sido mejor tomar un año, trabajar, leer, prepararse. “Nos empujaron del barranco”, dijo. Él no supo qué responder, pero entendía lo que decía. Lo entendía más de lo que quería admitir.