La luna llena del cazador
Esa noche de luna llena me hizo cambiar la idea de todo lo invisible. Al carajo el método científico, que se queda miope ante semejante evento. Del susto casi se me sale el corazón por el esternón.
Esa noche de luna llena me hizo cambiar la idea de todo lo invisible. Al carajo el método científico, que se queda miope ante semejante evento. Del susto casi se me sale el corazón por el esternón.
La lluvia golpea con furia el techo, pero la señora Korolenko huele a calma: rocía perfume al aire y se deja envolver por su propia ilusión.
Conocí a Martín Campos el año pasado, y desde entonces hemos tenido una conversación que se abre y se cierra con palabras que, más que escritas, parecen arrancadas de la tierra misma. Lo curioso es que vive muy cerca de donde yo crecí hace ya mucho tiempo, en un territorio de rincones y memorias que hoy, si los describiera, sonarían a pura fábula.
Vivimos una época extraña. Ahora resulta que si alguien se sienta, piensa, investiga, redacta y entrega un texto largo y bien armado, lo primero que muchos anotan: “eso seguro lo escribió una inteligencia artificial”. Como si la disciplina, la experiencia y las horas de trabajo fueran reliquias imposibles de sostener en el 2025.
Estudios Quelonios es una sátira política ambientada en Costa Rica que explora cómo el populismo y la burocracia pueden transformar una reforma previsional en una farsa intergeneracional. Con humor negro y crítica social, este cuento retrata el ascenso de un ciudadano común convertido en estratega nacional gracias a un maletín, una tortuga y una ley improbable.
En un país saturado de instituciones que gastan millones sin dar nada a cambio, nace el IQCPLII —Instituto Quántico Costarricense para la Investigación Interdimensional. Una ocurrencia convertida en símbolo, con parche y catecismo, cuya misión es incomodar a políticos y snobs. ¿Instituto ficticio? Sí. ¿Más real que muchas oficinas con aire acondicionado? También. Ya dejó huella en Sangre, Sombras & Asfalto y en un largometraje en camino.
Tenía once años, a punto de cumplir doce. En sexto grado me sentía preso en la escuela Joaquín García Monge. Las mañanas eran hermosas y yo fantaseaba con romper una ventana y huir.
Acerca de las causas perdidas o, mejor dicho, empresas absurdas.
Una vez acabada la escucha del episodio «podcastiano» que inmortaliza la tertulia en torno a los distintos ímpetus, fines y pertinencias que supondría desentrañar, recabar, auscultar y, a modo de desembocadura, editar —ojalá para la posteridad— la obra «Povediana», el último sorbo de café
Conocí a Martín Campos gracias a David Monge. Meses después, una noche de verano y con el carro agonizando, subimos hacia el Poás. De ese pulso nace este audio: Séptimo Calpa. Escuchá.
Por Bernardo Soto.
En este texto pretendo revisar la comprensión de esa transición de estadio a la que llamamos muerte.