I – Agua quieta
Soy Clotilde y el agua ha sido mi metrónomo. Cada madrugada la pila aparece llena hasta el borde, espejo gris donde flotan hojas secas y un mosquito sin alas. La señora —así llamo a mi madre para esquivar el veneno que su nombre me provoca— requiere ese estanque doméstico «por si las manchas». Esa frase repica más que los ladridos de los perros que sobrevivieron encadenados en el patio. El cable que los ató no superaba la longitud de mi antebrazo, justo para que el barrio completo observara su condena.
Sostengo la mirada en la superficie inmóvil y recuerdo otro día idéntico, hace treinta años, cuando cargaba cubetas bajo la llovizna y escuchaba al primer cachorro gimotear desde la casucha de tablones. Su quejido me enseñó la palabra impotencia; llegó envuelta en el silbido de los grillos y en la voz de la señora acusando a mi padre de inútil. Hoy esa impotencia hierve y sube por mis brazos.
Aquella tarde también llegó la noticia de la muerte de la tía Abigail —bruja que humillaba a todo ser viviente— . Sentí alivio; duró lo que tarda la memoria en descubrir que mi madre era su copia exacta.
Hoy dreno la pila; el chorro devora la lámina de agua y la casa respira un vapor agrio que asfixia
Dejo correr la llave. El agua se traga a sí misma, golpea las paredes húmedas y arroja una nube de olor rancio que invade el comedor. Noto cucarachas trepando por la tubería: antenas finas, cuerpos lustrosos. Cierro el grifo. No bastará vaciar; necesito exterminar.
II – El día del fumigador
A las nueve llega don Jesús, rociador al hombro y cejas tan tupidas que parecen brocha. Tan pulcro que su overol parece uniforme militar. Pide vaciar cada gaveta: «Traje un veneno fuerte, inflamable; nada debe quedar expuesto».
Empiezo por la cocina y anoto en voz alta:
30 sartenes deformados
70 tazas de café que babeaban un jarabe oscuro,
250 platos de bordes agrietados,
5 vajillas completas soldadas por caldos desconocidos.
El conteo continúa: 120 paños de baño apilados en el cuarto trasero, cajas de arena para gatos mezcladas con pañales viejos, una hamaca plegada en el baño junto a una olla de presión.
El conteo continúa: 120 paños de baño apilados en el cuarto trasero, cajas de arena para gatos mezcladas con pañales viejos, una hamaca plegada en el baño junto a una olla de presión.
La sala se queda corta; los montones avanzan hacia la acera. Allí relucen los mesones plegables blancos que el padre compró “por si un día hacen falta”, y la mesa de arquitectura —su monumento a la inutilidad— que bloqueaba medio living. A su alrededor descansaban cuatro mesas gemelas que estuvieron escondidas en corredor, patio y cielo raso por si acaso.
Un maullido agudo corta el inventario: de una gaveta el gato número dieciséis irrumpe, Aún conserva los ojos claros de la juventud. La señora intenta retenerlo, resbala y se abre la mano en un plato roto. Sangre sobre loza, blasfemia sobre silencio.
La imagen se funde con otra, detonada por el mismo hedor amoníacal que ahora invade la sala: recuerdo a la señora pidiendole a mi padre que cubriera las ventanas de la casa con malla de alambre, incluso el cielo raso. Pocas veces en mi vida me senti tan incomoda, aquello se veia espantoso, las ventanas no se podian abrir, la casa era un sauna. Tambien instalaron alambre navaja sobre el muro perimetral, sobre el techo de la casa incluso. Como que la noche anterior la pasaron pensando que podian hacer para que todo luciera en verdad horrible, lo lograron. La señora tambien estaba convencida de que así retendría a sus gatos. Peluche —felino tricolor— caminanba entre el rollo de alambre navajas. Yo habia perdido la cuenta de los intentos de fuga de aquel pobre animal, las cuchillas le abrieron el vientre; cayo, sus tripas colgando, la señora dejó escapar dos lágrimas. Obtuvo otro gato y culpó a mi papá “por colocar mal la protección. La escena regresa con la precisión de un noticiario y alimenta la furia que ahora gobierna mis actos.
Ordeno: «Todo lo que sobra se va». El padre me entrega cajas sin chistar. Una vecina recoge las primeras tazas para una venta benéfica. El sol se inclina y la calle se llena de objetos que jamás debieron existir.
III – Cámara y lluvia
En la universidad trabajé en un periódico y una radio local. Mis series culturales gustaban, no así a los gerentes: preferían chistes y farándula para chupar pauta estatal. Entendí que allí jamás crecería. Busqué opciones y logré un contrato con un medio europeo: reportajes desde Costa Rica, libertad total y buen pago.
El medio para el que ahora trabajo soliscito una crónica sobre acumulación en Latinoamérica: selva de cemento, trastos que reemplazan árboles. No saben que mi propio árbol genealógico se pudre dentro de una cocina. Ajusto la cámara sobre un tripié que ocupa el mismo rincón donde, años atrás, coloqué una grabadora Sanyo para registrar la lluvia. Deseaba demostrar que la casa respiraba con cada gota; la señora aplastó la grabadora bajo su bota.
Hoy ajusto la cámara frente a la mesa de arquitectura. El visor encuadra la pared manchada de moho, las pilas vacías y dos perros viejos que ya no ladran. Pienso en la grabadora Sanyo que grababa lluvias; la señora la aplastó. Esta lente es mi revancha.
Grabé a mi papa vaciando otra alacena. Enfoco la pared: moho verde, pintura burbujeante que dibuja un archipiélago. Pregunte: «¿Por qué soportó tanto tiempo?». Él se encoge. Una gota cae del cielo raso y golpea el visor.
📖 FIN DE LA SECCIÓN: Ficciones y umbrales
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