por Valdo J.
A finales de los años ochenta, en una noche cualquiera de televisión abierta costarricense, apareció una miniserie que me dejó completamente cagado del miedo. Yo no sabía qué estaba viendo. No sabía quién era Stephen King, no conocía el nombre de Tobe Hooper y mucho menos entendía que, décadas después, Salem’s Lot terminaría convertida en una de las obras más importantes del terror televisivo. Para mí era simplemente “La noche del vampiro”, el nombre con el que probablemente la presentaron aquella vez en Costa Rica.
Lo curioso es que ni siquiera recuerdo el canal exacto donde la vi. Lo que sí recuerdo perfectamente es la sensación. Esa incomodidad que empieza como curiosidad y termina metiéndose convirtiendo el pellejo en piel de gallina. En aquellos años no existía streaming, no se podía pausar nada, no había internet para correr a buscar explicaciones o leer teorías. Si uno se perdía una escena, se jodía. Y aun así, o tal vez precisamente por eso, la experiencia tenía algo muchísimo más intenso.
Hoy cuesta explicar lo que era descubrir una obra así en televisión abierta. No en UHF o cable, perdido a medianoche, sino en señal abierta convencional, probablemente frente a miles de personas que tampoco tenían idea de lo que estaban viendo. La televisión latinoamericana de aquella época era extraña, caótica y maravillosa. Cine europeo, westerns brutales, películas de terror pesadísimas o documentales rarísimos sin previo aviso. Todo aparecía mezclado en una misma programación como si nada.
Y entre todo ese caos apareció Salem’s Lot.
Recuerdo especialmente la atmósfera. La impresión de que el pueblo entero estaba siendo lentamente contaminado por algo maligno. No era solamente miedo a los vampiros; era miedo a la oscuridad, a las ventanas, a quedarse despierto demasiado tarde. Los vampiros de Salem’s Lot no parecían criaturas elegantes ni románticas. Eran auténticos demonios nocturnos.
Y aquí es donde la serie todavía conserva una fuerza enorme.
Muchísima gente joven, acostumbrada al CGI contemporáneo, quizá no logre entender de inmediato el impacto que tenían esos efectos prácticos vistos en un televisor de finales de los ochenta. Los vampiros flotando fuera de las ventanas, las miradas vacías, el maquillaje, la iluminación, la niebla, el silencio de ciertas escenas… todo se sentía físicamente real. No había toneladas de imágenes digitales tratando de impresionar al espectador cada treinta segundos. Había tensión, oscuridad y paciencia.
Eso sigue funcionando.
De hecho, creo que uno de los grandes problemas del terror moderno es precisamente ese: muchas producciones muestran demasiado y demasiado rápido. Salem’s Lot entendía algo fundamental sobre el miedo: el terror más efectivo suele vivir en lo que apenas alcanzamos a ver.
También recuerdo algo muy curioso: los comerciales fueron pocos. Y eso importa más de lo que parece. Quien haya programado Salem’s Lot en Costa Rica sabía, aunque fuera intuitivamente, que una miniserie así necesitaba continuidad para sostener la tensión. Los anuncios existían, claro, aunque no destruyeron la atmósfera que evocaba Salem’s Lot. Eso ayudó muchísimo a que el miedo se quedara pegado durante toda la transmisión.
Y honestamente, viendo la serie décadas después, sigo pensando que sería un error juzgarla con la mirada de alguien formado únicamente en el cine y la televisión posteriores al siglo XXI. Cualquiera que haya visto Salem’s Lot en aquella época sabe perfectamente de lo que estoy hablando: eso daba miedo de verdad.
Mucho.
Y lo hacía sin depender de todos los procesadores y memoria ram de los que tanto dependen producciones actuales. Lo hacía utilizando herramientas mucho más antiguas: sombras, maquillaje, ritmo, música, silencio y una idea profundamente ancestral del horror.
Tal vez por eso el vampiro nunca termina de desaparecer. No es solamente un monstruo con colmillos. Representa contagio, corrupción, invasión nocturna, enfermedad, deseo y muerte. Son temores antiquísimos que el ser humano arrastra desde hace siglos.
El protagonista de la miniserie era David Soul interpretando al personaje: “Ben Mears.”, a quien yo conocía únicamente como Hutch, de Starsky & Hutch. Fuera de él, no tenía idea de quiénes eran los demás actores. Tampoco importaba demasiado. El verdadero protagonista terminaba siendo el pueblo entero y esa huella insoportable de que algo en verdad malévolo, avanzaba lentamente por sus calles.
Con los años descubrí el enorme impacto cultural que tuvo Salem’s Lot. Y una de las referencias más claras aparece en What We Do in the Shadows, el falso documental sobre vampiros creado por Taika Waititi y Jemaine Clement. Uno de los vampiros de la película, el más antiguo y monstruoso de todos, tiene una influencia visual clarísima del aterrador Barlow de Salem’s Lot. Basta verlo unos segundos para notarlo.
El falso documental, además terminó evolucionando hacia What We Do in the Shadows, una serie bastante entretenida que logró expandir muy bien ese universo absurdo de vampiros compartiendo casa como roommates modernos.
Lo más curioso de todo es que aquel chiquillo sentado frente al televisor, completamente cagado del miedo viendo “La noche del vampiro”, no tenía la menor idea de nada de esto. No entendía historia de la televisión, no conocía a Stephen King, no sabía qué eran efectos prácticos ni imaginaba que estaba viendo una obra que terminaría convertida en material de culto para generaciones enteras.
Solo sabía una cosa: aquello daba miedo de verdad.