CRÓNICAS DEL REFUGIO
Este compilado comenzó a tomar forma en el 2022, luego de que una crecida desapareciera mi casa. Desde entonces he estado escribiendo y revisando estos cuentos.
Aquí hablo del barrio, la bicicleta, la rabia y las extrañas maneras en que el ser humano siente afecto. Son crónicas de una Costa Rica que no aparece en las guías turísticas, y que sin embargo está muy viva, respirando en cada esquina.
Textos donde la memoria se pelea con el olvido, donde personajes que resisten a su manera encuentran su lugar en alguno de los relatos de este libro de cuentos que he titulado: Crónicas del refugio y otras geografías de la memoria. El último de estos cuentos, La patrulla espiritual, está en desarrollo —al mismo tiempo que reviso y pulo el resto—. Iré compartiendo avances en este espacio.
SOBRE EL LIBRO
Crónicas del refugio y otras geografías de la memoria reúne 20 textos que exploran los bordes del país: la soda El Refugio como territorio de resistencia, la bicicleta como extensión del cuerpo, los barrios como canteras de historias. Hay sátira política, humor negro, realismo sucio, crónica íntima. Un presidente que firma una ley basada en tortugas centenarias, una mujer que incendia la casa de sus padres al tiempo que registra, cámara en mano, todo para un medio extranjero. Un policía de tránsito que detiene a “un ocelote” al volante de un vehículo bastante destartalado. Y, sobre todo, una forma de mirar que viene de abajo, donde las instituciones fallan y los personajes buscan —a veces con ferocidad, a veces con humor, a veces con autodestrucción— formas propias de existir en estos textos.
Este libro también es, en varios de sus textos, un acto de gratitud. Hay personas reales detrás de estas páginas —compañeros de ruta, amigos de mi padre, vecinos— con quienes conviví años. Gente cuya existencia fue tan extraordinaria que parecía sacada de una película. “Andolfo Santa Tecla: el cardenal matemático” es el caso más claro. Detrás de ese nombre hay un hombre real, profesor de matemática, salvadoreño, que juraba y rejuraba haber resuelto mil hipótesis. Ese convencimiento lo llevó a Japón, Italia, a cartas infinitas. Conviví con él mucho tiempo. Escribir su historia fue, más que un ejercicio de ficción, una forma de decir: existió, importó, dejó huella. Su nombre real no está aquí por decisión, su verdad en cambio —la de su obsesión, su fe inquebrantable, su cine— sí.
Este libro (en construcción) no busca redimir a nadie. No denuncia ni propone. Es una grieta en la pantalla donde aún se filtra el humo del espectáculo. Si algo se entiende, fue por error. Si algo no se entiende, fue por diseño.
PORQUE ESTA IMAGEN DE PORTADA
El niño descalzo está sentado en la rama gruesa del palo de mango, con la mirada seria y limpia dirigida hacia nosotros. A su derecha, casi al alcance de la mano pero sin tocarla, cuelga un mango rojo intenso, vibrante, casi irreal en medio del grabado en blanco y negro. Debajo de él, el mundo adulto se ha derrumbado en símbolos: una cruz de madera con la bandera de Costa Rica rasgada y colgando como un trapo sucio; una cédula de identidad que pareciera anunciar un puesto ambulante, sobre el suelo agrietado; al fondo, una ciudad borrosa, que ya no parece refugio sino escenario de exilio.
Esta imagen no ilustra un cuento: es el libro entero.
Es el instante preciso en que la infancia todavía está arriba, todavía tiene el mango rojo suspendido a su lado como una promesa, abajo la identidad nacional, la patria y la memoria se rompen sin remedio. El niño no llora. No grita. Solo observa. Y en esa observación serena, casi cruel de tan inocente, está contenida toda la carga de Crónicas del Refugio y otras geografías de la memoria.
Porque este libro es eso: un conjunto de crónicas donde los personajes —niños, viejos, locos, perdedores, soñadores, traidores, sobrevivientes— suben al palo de mango de su propia existencia para mirar desde arriba cómo su país, su barrio, su familia o su propio cuerpo se desmorona. Algunos se cagan desde la rama (literal y metafóricamente), otros quieren saltar al vacío creyendo que van a volar, otros incendian la casa para purgarla, otros firman leyes absurdas, otros simplemente pedalean bajo la lluvia porque dar la palabra es lo único que aún les queda.
El mango rojo intenso no es un detalle decorativo. Es el último resto de vida, de deseo, de infancia intacta que todavía cuelga en el aire, contrastando violentamente con todo lo que se pudre abajo. Ese rojo grita: aquí todavía hay algo vivo, algo que duele precisamente porque sigue siendo puro en medio de la ruina. Es la fruta que el niño no ha comido aún, la posibilidad que no ha sido tocada, el color que se niega a volverse gris como el resto del grabado.
La cédula como afiche, es la identidad que ya no sirve. La bandera rasgada sobre la cruz es la patria que murió y nadie se atrevió a enterrar con dignidad. Y el niño en lo alto, con el mango rojo a su lado, es el testigo implacable que aparece en casi todos los cuentos: a veces es Genaro a los ochenta años, o Clotilde antes de prenderle fuego a la casa, a veces es el propio narrador que se cagó desde el palo de mango y décadas después sigue sin arrepentirse del acto, sino de quienes nunca dejaron de contarlo.
Esta portada no es decorativa. Es el mapa emocional del libro. Es la geografía exacta donde ocurren todas las crónicas: arriba, la mirada limpia y terca de quien todavía tiene una oportunidad; abajo, el desastre de lo que llamamos "país", "familia", "identidad", "refugio".
Por eso elegí esta ilustración. Porque resume, mejor que cualquier frase, lo que este libro viene a hacer: contar, desde la rama más alta, cómo se ve Costa Rica cuando uno ya no puede bajar.
Y porque, al final, todos los personajes de estas veintiuna crónicas —de una forma u otra— son ese niño sentado en el palo de mango, mirando hacia abajo con una mezcla de asombro, tristeza y terquedad, en tanto que a su lado cuelga todavía, rojo e imposible, el último pedazo de infancia.
El mecanismo que “Chuz” emplea para dar sustancia a su praxis política no tiene su sidero ni en el dogmatismo ni en el proselitismo. Lo que ha comprendido es que el catalizador que le permitirá urdir su plan es la creación de una sensación de sed incesante y presentarse, de primero, con medio vaso de agua. El truco está en embelesar al sediento con el faltante dentro del vaso.Ignacio Castillo
Análisis sobre «Estudios Quelonios»
ESTRUCTURA DEL LIBRO
Crónicas del refugio está dividido en tres territorios:
Memorias del barrio — crónica íntima, el barrio, la bicicleta, la universidad.
El país como escenario — sátira política, poder, medios, identidades fabricadas.
Ficciones y umbrales — relatos más abstractos, líricos, de transición entre realidad y sueño.
Memorias del barrio
El país como escenario
Ficciones y umbrales
Epílogo
RELATO BREVE EN OBRA GRIS: Es un epílogo, un extra que está fuera de las 3 categorías de este compilado. Es un texto sobre el oficio de escribir, una autosátira que funciona como cierre, siento queda perfecto como epílogo después de Alambre, pila y ceniza.
A continuación encontraran extractos de cada texto, algunos son de una página y media, otros de dos, los más extensos llegan a tres. Versiones en revisión, lo suficiente para que el lector pueda tener una idea del tono y el mundo de cada relato.
La fecha que acompaña cada entrada corresponde al momento en que se publicó en esta pagina web, no a cuándo fue escrito. El libro completo, cuando esté listo, tendrá la versión definitiva de cada uno de los cuentos.
CRONICAS DEL REFUGIO y otras geografías de la memoria.
ANDOLFO SANTA TECLA
En 1983, Centroamérica era un mosaico de trincheras que ardía en conflictos, explosiones y gritos sofocados. Entre barracas y conspiraciones, un nombre era mascullado con reverencia y miedo: Andolfo SantaTecla, matemático brillante y carismático originario de un pequeño pueblo cuyo nombre era tan olvidable como los discursos del régimen. Andolfo no solo había resuelto las
3 TESTIGOS Y UN ENCARGO
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LA PARTERA DE SARTENES
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EL AÑO DEL BASURERO
Tenía once años y una condena de seis en la escuela Joaquín García Monge. Estaba cumpliendo el último año de la sentencia, sexto grado, la recta final antes de salir del presidio con diploma y foto grupal incluida.
CRÓNICA MENOR
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80 AÑOS (EN REVISIÓN)
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PROTOCOLO DE MISERICORDIA
El lunes amaneció igual que cualquier otro. San José se llenó de buses, de portones abriéndose tarde, de gente apurada con el café en la mano. El cambio de gobierno todavía no había ocurrido y, en los papeles, el país seguía siendo el mismo. Los ministros salientes empacaban lo poco que queda en los escritorios
RELATO BREVE EN OBRA GRIS
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PARTE POR CONDUCIR COMO ANIMAL
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Maya Korolenko acababa de llegar a casa. Dejó la bolsa sobre la mesa del comedor, junto al bowl de madera viejo y alargado que sostenía las frutas del adorno, y encendió el televisor. Un presentador agitaba la voz: el barrio Dent estaba bajo el agua. Mostraban a un joven encaramado sobre el techo de su
ESTUDIOS QUELONIOS
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