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Estudios de campo

LOS ESTUDIOS DE CAMPO

DEL DR. ARKADY VOLKOV LAZENKO

Bitácora 1: Camino a la cabaña

por Dr. Arkady Volkov Lazenko

Soy un cliché. Lo acepto con tranquilidad. Y además, me importa un pito.

Aquella mañana de mayo arrancó perfecta, de esas mañanas tan absurdamente hermosas que parecen inventadas por un director alcohólico obsesionado con desayunos largos y perros viejos. Salí a caminar con Rodríguez y Ramírez por un San Pedro que ya no existe. Menos mal que ya no existe. El actual me gusta mucho más. Hay algo profundamente sospechoso en la nostalgia excesiva; demasiada gente utiliza el pasado como si hubiera sido un paraíso y no el mismo desorden de siempre, nada más que con menos carros y mejores cantinas.

Decidí no tocar la bicicleta aquel sábado. El cuerpo pedía lentitud. Antes de salir preparé un desayuno digno de un rey tropical en decadencia: tortillas palmeadas con queso, dos huevos fritos y café hecho en la bialetti con canela y clavos de olor. Todavía hoy podría reconstruir esa mattina siguiendo el sabor que quedó pegado a mi paladar. Rodríguez y Ramírez avanzaban felices, olfateándolo todo como dos inspectores enviados por Dios para auditar matas, esquinas y bolsas de basura.

El almuerzo se extendió durante horas, servido en tractos pequeños, casi ceremoniales. Ensalada. Un encurtido glorioso con limón, cebolla, menta y otras cosas imposibles de recordar. Pedacitos de panceta de cerdo y fresquito de cas recién hecho. Todo aparecía y desaparecía de la mesa lentamente, como si el día no tuviera ninguna intención de terminar. A eso de las tres de la tarde me tomé un café para amarrar semejante festival gastronómico. Después vino la visita obligatoria al baño y la siesta con Rodríguez y Ramírez, los tres tirados sobre la cama como sobrevivientes de una batalla alimenticia.

El Dr. Arkady Volkov rumbo a la ardiente Alajuela

A las cinco debía partir rumbo a la ardiente Alajuela. El asunto era serio: hablar sobre producir una película.

Me fui en el pickup del 78.

Todavía no entiendo bien qué ocurrió aquella tarde con el cielo. Mayo estaba convertido en otra cosa. No llovía. El aire tenía un olor tibio, seco, muy impropio de los meses de abejones, y desde el momento en que giré la llave hasta mucho después de dejar atrás Río Segundo, el mundo parecía pintado con colores terrosos, marrones suaves, amarillos cansados y naranjas quemados. Todo cubierto por una capa de polvo cinematográfico.

Conducir aquel pickup bajo semejante atardecer producía una sensación extraña. El parabrisas reflejaba el cielo como si fuera una pantalla de cine en un una sala Desamparadeña que ya tampoco existe. Por momentos sentía que no manejaba hacia una reunión, sino hacia una película que ya había empezado sin mí.

A medio camino tuve que detenerme. El desayuno, las tortillas, los huevos, la panceta y el café habían formado una barricada entre el pecho y la garganta. El minisúper apareció en mitad del camino como una visión farmacéutica iluminada por tubos fluorescentes. Compré un remedio para el estómago, una botella de agua y dos cervezas. Prioridades médicas completamente razonables para un hombre ya entrado en años rumbo a discutir cine en las montañas de Alajuela.

Seguí manejando hasta llegar a la entrada de aquel lugar extraordinario que me esperaba. Costaba distinguirlo en la oscuridad. Apenas una abertura perdida entre cipreses y sombras sobre la cuesta que conduce hacia el volcán. Me bajé del pickup, caminé hasta el portón y empecé a llamar con educación. Grité un par de veces. Luego golpeé el metal con una moneda. Nada.

Esperé.

El viento soplaba fuerte entre los cipreses y producía un silbido que parecía atravesar la montaña completa. Volví a golpear el portón.

Entonces ocurrió algo maravilloso.

Sin que nadie apareciera, el portón empezó a abrirse solo. Despacio. De derecha a izquierda. Sin violencia. Apenas acompañado por el viento colándose a través de la abertura.

Ahí comprendí que la noche prometía cosas grandes.

Subí otra vez al pickup y avancé lentamente por aquella entrada estrecha. Asfalto impecable. Pinos altísimos en ambos lados. Oscuridad elegante. El ventolero se metía por las ventanas y revolvía papeles, cabello y pensamientos. Más adelante terminó el asfalto y apareció un trillo de tierra, piedras y ramas gruesas. Finalmente logré estacionar frente a la cabaña.

Una sola farola iluminaba la entrada. Perfecto.

¿Y cómo no iba a ser perfecto? Íbamos a hablar de cine.

Frente a mí, una puerta vieja de madera con cerraduras aún más viejas, hechas de metal corroído escondido bajo capas de pintura negra. Desde adentro se escuchaba música. Eso me tranquilizó. Al menos no había hecho el viaje en vano.

Toqué la puerta con fuerza, sin perder la compostura. Nadie abría.

Y entonces aparecieron los perros.

Tres animales enormes salieron entre las hortensias ladrando con intensidad. Pensé que iban a despedazarme. En realidad solo querían saludar y ayudarme a llamar la atención de la pareja que me esperaba dentro de aquel templo cinematográfico perdido en la montaña.

La puerta finalmente se abrió.

Las cervezas calientes fueron directo al refrigerador. Los abrazos empezaron a repartirse de un lado al otro. También el vino. Me ofrecieron unas pequeñas esferas misteriosas que parecían albóndigas, aunque sinceramente jamás supe de qué estaban hechas. Solo recuerdo ese sabor, sorpresa culinaria deliciosa. Había aguacate molido, galletas saladas y mucho vino.

Primero el chit chat de rigor. Hablar de cualquier cosa para entrar en calor. El inevitable disgusto nacional al descubrir que Santiago del Pantano volvía a ganar premios con una facilidad que ya rozaba lo sospechoso, siempre en sus primeros intentos. Bigotes merecía mucho más reconocimiento. Cualquiera con dos dedos de frente y media neurona funcional podía verlo. Ni modo. Así funciona este país.

La indignación nos llevó directo al gin tonic.

Y no cualquier gin tonic.

Aquello parecía un experimento herbolario de altos kilates. Los acompañamientos venían organizados en una cajita con divisiones iguales a las que utilizan las abuelitas para guardar pastillas.

Después del primer trago ya hablábamos como si estuviéramos produciendo la BIO PIC del finado Federico Fellini en las montañas de Alajuela. Y fue exactamente ahí donde la película empezó a deformarse y crecer sobre la mesa.

Primero apareció Rocío.

Qué guapa está Rocío. El amor platónico de Arkady Volkov. Groupie profesional, especialista en destruir emocionalmente hombres ingenuos vinculados al cine, la radio y la literatura. Una desgracia dolorosamente hermosa. No tardamos mucho en decidir que ella debía ser la femme fatale de la historia.

Después vino la música. El mae de las cumbias haría toda la instrumental del largometraje. Y entonces sí: la conversación empezó a sentirse peligrosa. Pues tambien se debían escoger otros temas para secuencias especificas de la historia:

        • Bienvenido Granda.
        • Mari Trini.
        • Zopilotes de Café Tacuba.
        • Pablo Abraira.
        • Gaviota.

Cuando se empezó a armar una secuencia acompañada por “Ella”, de Gaviota, sentí algo rarísimo atravesarme el pecho. Se me puso la piel de gallina. En algún momento incluso lloré. No dramáticamente. Apenas unas lágrimas discretas, lo típico de un borracho creyendo estar planeando una obra maestra.

La conversación sobre la cinta arrancó exactamente donde debía arrancar: la distribución. Punto casi ignorado por buena parte de quien quiera hacer cine en el mundo. Hacer cine es demasiado difícil y la odisea que se planeaba tenía toda la pinta de ser un proyecto lo suficientemente ambicioso como para conformarse con una audiencia microscópica.

Los tres coincidimos en eso desde el inicio.

Justo a esas horas de la noche, ya no quedaba vino. Eso sí, una botella de gin tonic, algunas cervezas frías y dos calientes, olvidadas dentro de un carro.

Apareció entonces la revelación más importante de la velada. La pareja preguntó si se sostenía la elección de la protagonista: Rocío. Todos asentimos con una solemnidad ridícula. Rocío, por supuesto, no tenía la menor idea de que, a esa hora de la noche y en una cabaña perdida en las montañas de Alajuela, tres querubines acababan de nombrarla femme fatale de una película que ella tampoco sabía que existía.

Cuando escuché aquello cerré el puño derecho, lo apoyé contra mi frente y miré hacia el techo de la cabaña como si acabara de recibir un mensaje divino o una advertencia terrible. Las cervezas frías se habían terminado.

Afuera el viento seguía golpeando los cipreses.

Adentro, tres adultos gloriosamente alcoholizados planeaban una película gigantesca, material de culto. 

Cerca de la madrugada comprendí que debía regresar a casa. Ya no daba para más. Me levanté y empecé a caminar por la cabaña como abejorro confundido. Intentando disimular un zigzagueo que empeoraba con cada paso.

Como hablábamos de cine, pensé que estaba en una de James Bond y que la pareja anfitriona eran los villanos de la trama, intentando envenenarme.

Me ofrecieron café, sorbetos y galletas con chocolate. Acepté todo. El café sin azúcar.

Milagrosamente sentí una leve mejoría aerodinámica. Logré salir siguiendo una línea de mosaicos sobre el piso, utilizándola como pista de aterrizaje personal para no desviar demasiado la trayectoria.

Afuera me esperaba el pickup.

El portón ya estaba abierto.

Los caños de salida parecían obstáculos diseñados por Satanás. Los esquivé con una precisión que todavía hoy me sorprende. Después todo fue cuesta abajo. Incluso cuando el camino iba plano, yo sentía que descendía.

Cuando llegué a la recta donde Alajuela despide a quienes vienen de otros lugares y vi las luces de los aviones sobre el cielo, tuve la sensación absoluta de haber despegado. Nunca antes un carro automático me había parecido una aeronave tan noble.

No recuerdo cómo llegué a casa.

Tampoco recuerdo cómo logré meter el pickup en la cochera.

Sé que antes de subir las gradas lancé una plegaria al cielo y convoqué varios santos de emergencia.

Rodríguez y Ramírez me recibieron felices. Ellos también habían sido incluidos en la oración.

La noche duró poco.

La resaca duró dos días completos y vino acompañada por un miedo profundo.

Todavía no sé si aquella noche ayudé a planear un gran film o simplemente terminé borracho en una reunión de negocios hablando sobre Rocío, cumbias y cine.

Ha pasado más de un mes. La pareja aún no responde.

Disclaimer

Esta bitácora está basada en hechos reales, aunque han sido exagerados con entusiasmo. Algunos nombres fueron modificados y ciertos acontecimientos podrían no haber ocurrido exactamente como aquí se describen.

Léase con espíritu festivo y bajo la responsabilidad de quien la lee.

La resaca, en cambio, sí fue completamente real.

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